Películas


Odiado por muchos, ignorado por la mayoría y adorado por unos pocos, Jesús Franco es un cineasta muy peculiar dentro de la producción cinematográfica de nuestro país. El que esto escribe reconoce que hasta ahora sólo había visionado las espantosas “La tumba de los muertos vivientes” y “Killer Barbys” y va a ser que no era muy propenso a seguir indagando en una filmografía con clara propensión a aparentar ser puros bodrios sin interés. No obstante, estos días me he visto obligado (se podría decir de forma más bonita, pero la verdad es esa) a visionar cuatro películas de la primera etapa de su filmografía, y dado el fúnebre estado de este blog he decidido comentarlas brevemente.

“Gritos en la noche” nos ofrece una más que aceptable aproximación a la figura del mad doctor, en concreto, el Doctor Orloff (figura célebre en la carrera de Franco*), obsesionado con regenerar la piel de su hija y para ello utiliza a un antiguo psicópata para proveerse de jovencitas de profesión liberal y así usar su piel en los experimentos. El filme cuenta con una trabajada fotografía que realza una película en la que no faltan ocasionales pinceladas de humor (el vagabundo que pretende incriminarse a sí mismo) y cuyo interés decae en la parte dedicada a la investigación, en buena parte por el gris (y un pelin incapaz) personaje que interpreta Conrado San Martín, mucho menos interesante que el Orloff interpretado por Howard Vernon. La otra gran pega en la notable inspiración argumental (por no decir copia) en la cinta francesa “Ojos sin rostro”, lo cual resta méritos a la propuesta de Franco.

“La mano de un hombre muerto” nos relata la historia de una familia noble cuyos integrantes masculinos muestran cierta propensión a lo locura y el asesinato. No obstante, la cinta bascula entre la fina cordura de la familia Von Klaus (un tanto absurdo que la madre, en su lecho de muerte, le diga a su hijo que entre en el sótano origen del mal de sus antepasados) y la superstición de la gente del pueblo cercano acerca de la existencia de un fantasma. La parte de la investigación resulta más sobria que en “Gritos en la noche”, pero la figura del asesino está un tanto diluida y la explicación final (si es que merece ese calificativo) está lejos de ser convincente. Con todo, es una película correcta más próxima al drama que al terror en la que Franco demuestra cierta habilidad en la dirección.

En los próximos días: Miss Muerte y El caso de las dos bellezas.

(EN CONSTRUCCIÓN)

*El personaje apareció en varias cintas de Franco, amén de ser mencionado en el título de una de ellas (“El secreto del doctor Orloff”) para luego no aparecer en dicha película. A su vez, conviene destacar que el notable éxito de la cinta propició la aparición del personaje en cintas ajenas a Franco, como por ejemplo “El enigma del ataúd” de Santos Alcocer.

Hace mucho, mucho tiempo en unas tierras muy, muy lejanas (bueno, vale, tampoco tanto) los guerreros espartanos eran el arquetipo del soldado perfecto: Fuertes, ágiles, orgullosos, letales y casi invencibles. Tal era el punto de su prestigio y osadía que eran capaces de socorrer a sus aliados en tiempos de guerra enviando un único combatiente para decantar la balanza a su favor. El problema es que llegó un momento en el que el imperio persa quiso una prueba de la sumisión espartana a su voluntad, a lo que Leónidas, rey espartano, respondió de forma negativa (por no decir que se cepilló, al menos en la película, a los enviados persas). Ante tal disyuntiva la guerra parecía la única solución viable, pero la suerte de Leónidas padece su primer contratiempo cuando el oráculo (y los monstruosos seres que lo controlan) se declara en contra de hacer frente a los persas.

No obstante, Leónidas decide frenar a los cientos de miles de persas con un contingente de 300 guerreros espartanos que hace pasar por su guardia personal (juas) para evitar ser detenido por vulnerar la ley espartana. De esta forma, pretende defender las Termópilas, único emplazamiento cuya fisonomía inutiliza la indiscutible superioridad persa en el número de integrantes de su ejército. Leónidas y sus hombres van frenando una y otra vez los numerosos intentos de los hombres de Jerjes de superar sus defensas. Paralelamente, el Consejo espartano debe decidir si apoyar la ofensiva personal de su rey para evitar la toma de Esparta o someterse a las leyes ancestrales que lo impidió en un principio. A partir de aquí, ambas historias avanzan hasta llegar a convertirse en la leyenda (que nadie me venga con nada relacionado con lo histórico, porque no cuela) que ha llegado a nuestros días.

FANTASMADA CON ECOS DE LA REALIDAD

No son pocos los que relacionan inmediatamente el vigor visual que nos propone “300” con el de un videojuego al uso. Tampoco es difícil entender tal unión como una comprensión insuficiente de los mismos al dejar entrever la idea de una hueca espectacularidad que entra por los ojos tan rápido como el cerebro lo olvida. Prefiero dejar de lado ineficaces debates sobre la evolución del medio cinematográfico y centrarme en el resultado de lo que Zack Snyder, principal responsable (dirige, co-guioniza y contó con una inusual libertad creativa para hacer y deshacer casi a su antojo), nos propone: Una fantasmada de tres pares de narices, lo cual no es necesariamente malo.

Lo primero que deja a las claras el filme es su obsesión por convertirse en un hito de la épica cinematográfica usando tal cantidad de recursos exageradores que la eficacia de los mismos es harto irregular. La decisión más criticable cometida por Snyder es un uso tan excesivo de la ralentización de las imágenes que acaba resultando gratuita. Sí que se puede entender su notable uso en las escenas de combate contra los persas (aunque el exceso no suele ser la respuesta más idónea), pero flaco favor se hace a que éstas destaquen cuando en la fase inicial de la función ya se ha abusado de su uso. Y es que equiparar a un marido copulando con su esposa con una batalla de tal calado resulta un error importante. Eso sí, si uno logra habituarse a la sobresaturación de ralentís, esto se hace tolerable y, en alguna ocasión (esos descabezamientos), sí cumplen como un plus de fuerza dramática.

La gran duda residía en lo idóneo que resultaría la construcción de la abrumadora mayoría de los paisajes mediante el uso de pantallas azules (es decir, su inclusión a posteriori mediante técnicas informáticas), ya que evitar la sensación de falsedad en todo momento se antojaba tarea imposible. ¿La solución? Aprovecharlo para crear un toque atmosférico la mar de característico. La primera evidencia reside en la manipulación del cielo (y también cerca del ras de suelo) en los grandes planos generales, donde una extraña neblina (da la sensación de ser una extraña mezcla entre humo, niebla y nube) irrealiza de forma parcial la ubicación de la contienda, en una especie de ¿inconsciente? decisión que vincula lo que vemos con su naturaleza de leyenda. Ni cierto, ni falso, sino un poco de ambas cosas. Lo que me hace pensar eso es que no dudo que el avance de la tecnología de los efectos especiales permite recrear paisajes de belleza abrumadora (aunque, a veces, den tanto el cante que sólo sirvan para fotogramas congelados, ya que en imágenes en movimiento queda en evidencia su ficticio origen), por lo que la sugerente mezcla de feísmo y espectacularidad que nos ofrece “300” debe obedecer a alguna razón.

Quizá el principal problema del filme está en su incapacidad para conseguir el ritmo adecuado. Primero porque es imposible conseguir que una misma batalla (por muy dividida que esté en diferentes avanzadillas es siempre lo mismo, lo único que corregido y aumentado cada vez más) no se haga repetitiva, segundo porque crear una trama política tan obvia, evidente e innecesaria más que como desahogo funciona como bajón de interés notable y tercero porque el cómic no daba para tanto. Cierto que es bastante fiel a la obra de Miller y quizá ahí radique el problema. Podríamos estar ante un mediometraje bastante notable, pero lo que cuenta es el dinero. Ojo, habrá a quien la apuesta por la hiperfidelidad de Robert Rodríguez en la extraordinaria “Sin City” le pareciera un error de base esencial y aquí, en cierto sentido, se juega mejor con la idea de la adaptación, respetando muchos momentos y añadiendo cosas, pero cuando una historia no da más de sí…

Lo más conseguido de la labor de Snyder está en la belleza visual de ciertos momentos como el despeñamiento de algunos soldados persas, el repentino aguacero previo a la llegada de Jerjes y sus hordas o la inmensa lluvia de flechas. Parece injusto otorgarle el mérito cuando son indudables los retoques por ordenador, pero su activa participación en los storyboards deja a las claras que son culpa suya. También hay que achacarle a él la escasa profundidad de los personajes (algo que también sucedía en “Amanecer de los Muertos”, su notable ópera prima) y la incapacidad para crear una historia cargada de épica cuando eso se convierte en su principal obsesión y es que es en los detalles donde puede decirse que Snyder triunfa (la brillantez de ciertos momentos, sobre todo visualmente, la conjunción de la violencia explícita con cierto aire poético que la embellece y “justifica”), pero fracasando en sus tareas mayores. Podría haber sido mucho más, pero no es poco lo que nos da, aunque miedo da lo que pueda hacer con la adaptación cinematográfica de “Watchmen”, donde estos fallos de Snyder deberán ser eliminados de raíz si quiere ser capaz de hacer la primera versión cinematográfica de sus cómics que contente al inigualable Alan Moore.

DIFERENCIAS ENTRE LOS DOS BANDOS

En la línea de lo expuesto con anterioridad, hay que señalar varios aspectos sobre cada bando. Los persas sufren una continúa elevación del tono de exageración que sus tropas desprenden. Los seres se van radicalizándose desde los soldados corrientes iniciales hasta llegar a un orondo ser cuyos huesos han sido convenientemente modificados para actuar como letales cuchillas, sin olvidarnos de atemorizantes gigantes capaces de soportar sin dolor que le atraviesen completamente el bíceps de uno de sus brazos. Además, eso se acrecienta con el oscurantismo visual (algo que incluso padecen situaciones con un corte sexual más que cualquier otra cosa) que presiden las filas persas en los instantes en que Snyder se centra en ellos

Y conviene no olvidar la extraña forma de presentarnos a Jerjes, el hombre que se creía un Dios. Su impresionante (y convenientemente exagerada) altura y la ostentosa vestimenta que luce choca de lleno (bueno, quizá sus ropas no tanto) con unas técnicas de seducción que, dada la equívoca voz con la que cuenta (al menos en la versión doblada de la cinta), no pueden evitar una lectura homosexual de su comportamiento (aunque choca tanto que la sala no puede evitar la carcajada). Este hecho, clara contradicción con la idea de que haya logrado someter a tantísimas personas, nos recuerda que la forma de presentarnos a los persas es una exageración, una completa fantasmada que obedece a las necesidades discursivas del relato: Los persas son un enemigo descomunal que va mutando (de soldados a monstruos cada vez más temibles) su forma según las diferentes líneas de combate van sucumbiendo. El realismo de esa decisión parece inexistente (al menos hasta cierto punto), aunque luego haya irritado a muchos, algo de lo que hablaré más adelante.

Por su parte, el ejército espartano posee un look más luminoso, aunque con cierto colorido terroso que un servidor entiende como una forma de asignar / reforzar su carácter de héroes de la función (aunque luego las características de los espartanos hagan necesario matizar ese hecho) lo primero y su carácter de guerreros lo segundo. Las escasas variaciones en el plano visual de estos personajes redunda en el tono uniforme de su vestimenta (algo que no sucede en el bando persa), de su milimétrica preparación de cara a la batalla y en general en el aire organizado con la que nos son presentados los personajes. La principal variación la encontramos en el prólogo, donde el tono oscuro que luego presidirá la descripción del bando enemigo es aprovechada para recrear las titánicas exigencias de los espartanos para aceptar a sus propios hijos como iguales: Asesinados nada más nacer si no pasan un “examen” físico (estupendo el detalle del suelo plagado de calaveras de antiguos niños “desechados”), abandonados a su suerte a los pocos años de edad para ver si logran sobrevivir a unas condiciones casi infrahumanas, etc. Es como si el filme nos dijese en el apartado visual que los espartanos ya superaron el estado actual del enemigo y eso les coloca con cierta ventaja.

LOS PERSONAJES

El personaje que funciona como pilar de la cinta es el rey espartano Leonidas, inteligente estratega, insuperable jefe militar y una máquina de matar en el cuerpo a cuerpo. El escocés Gerard Butler, cuyo trabajo más recordado hasta le fecha es su más que aceptable caracterización como el Fantasma de, valga la redundancia, “El Fantasma de la Ópera”, tira de la fórmula empleada por Russell Crowe en “Gladiator”, es decir, potenciar el carisma por encima del empeño interpretativo. Lo que sucede es que Butler no está al nivel del protagonista de la estupenda “El Dilema” en ninguno de los dos apartados, lo cual se traduce en un trabajo bastante correcto, pero sin grandes alardes más allá de las prestaciones físicas que exige la película. Cierto es que es el único que consigue imprimir cierto sentimiento (el gran problema de la película es que falla sobremanera en este punto) a su personaje en algunos momentos, pero se echa en falta más arrojo psicológico y menos descarga de testosterona.

Más desdibujados quedan el resto de integrantes de los 300 espartanos (si es que llega a haber tantos, porque nunca dan la sensación en el campo de batalla de ni tan siquiera superar la centena), en general abocados a meros clichés de soldados aguerridos dispuestos a dar todo por su patria. La principal salvedad está en el personaje de David Wenham (recordado por su Faramir en “El Señor de los Anillos”), ya que la cinta se aprovecha del mismo para desempeñar, vía voz en off, la labor de narrador del cómic en una decisión bastante acertada. Otro aspecto curioso es la inclusión de un padre y su hijo para desarrollar la relación entre ambos sin caer en el tópico más cansino y apenas parándose en situaciones puntuales en la misma. No es que sea ningún prodigio, pero tampoco busca serlo. El resto se limita a lucir físico y a repetir de forma constante un grito de guerra no muy inspirado (aunque siempre mejor algo así que el vergonzante “¡honooor!” de “El Rey Arturo”).

Uno de los más destacables es Jerjes, el jefe supremo de los persas que actúa como un Dios en la tierra, pero la mezcla de su voz de doblaje y cierto amaneramiento chocan con su aire de superioridad. No es que la película no se encargue de exagerar de su presencia física modificando la altura real de un irreconocible Rodrigo Santoro (saca una cabeza o más a Gerard Butler cuando en la vida real apenas hay 2 escasos centímetros de diferencia a favor del brasileño) y ubicándolo en una especie de descomunal trono móvil, pero parece querer abarcar las dos concepciones del personaje: La propia como una persona con un gran poder divino (que a saber para qué utilizará realmente…) y la del bando espartano como enemigo poderoso pero batible. De no ser así cuesta entender las contradicciones que presenta la película en la definición de un personaje que Santoro controla con eficacia.

La presencia femenina en el cómic de Miller era bastante anecdótica, pero el filme crea una línea narrativa alrededor de la reina espartana que justifica hablar un poco de Lena Headey. Condenada en los últimos años a papeles de escasa consistencia (e interés) en cintas como las estimables “El Juego de Ripley” o “El Secreto de los Hermanos Grimm”, en “300” cuenta con un rol más aguerrido que debe luchar por los intereses de su esposo en su ausencia. Veo indiscutible la serena belleza que luce en la cinta como la reina Gorgo, pero sobre su actuación tengo mis dudas, ya que el guión se apoya en los típicos (y ya cansinos) parámetros de corrupción política en la subtrama que ella controla (y que encima luego resulta que no ha llevado a ninguna parte) y la relación entre ella y Butler no consigue transmitir casi nada (y eso que Snyder no se corta en tirar del recurso de la épica del ralentí para el folleteo de despedida entre ambos). Es como si a la propia película le molestase contar con una presencia femenina destacable más allá de potenciar la belleza de Headey. Una pena.

Dentro de la subtrama política cabe destacar la presencia del televisivo Dominic West (impagable su McNulty, el policía protagonista de “The Wire”, tan esencial como poco conocida pro estos lares) como Theron, político que controla el senado espartano y firme opositor a apoyar a Leonidas en su contienda con los persas, ya que su arribismo y las ganas de hacer suya a Gorgo casi le hacen más partidario de la victoria del enemigo. No es un personaje con demasiados matices, ya que cumple al dedillo los rasgos más comunes de la previsible manzana podrida del cesto del dechado de virtudes de los héroes de la función. West cumple con oficio con su personaje, aunque uno echa en falta mayor empeño del libreto (no hay que olvidar que esta parte de la película ha sido creada ex professo para el filme) en dotar a su personaje de mayor interés. Otra oportunidad malgastada.

OTROS DETALLES

Una de las reacciones más chocantes que ha provocado “300” son las críticas que el gobierno iraní ha vertido sobre la película por ser un ataque contra la cultura de su país, en una especie de rabieta contra la situación actual en la que Bush señala a ese país enemigo. No hay que ser ningún lince para darse cuenta que la forma en al que el filme nos presenta a las hordas persas son una clara deformación de la realidad, porque, como ya he comentado, “300” no es una fidedigna representación histórica, sino una adaptación del prestigioso (y, a mi juicio, sobrevalorado) cómic de Frank Miller en el que importaba más la poética de la épica a la coincidencia con la realidad (aunque la cinta deforma más este punto). El gran problema de esa interesada lectura de “300” es que la intencionalidad de la película rehuye su vertiente histórica en aras del espectáculo audiovisual de primer orden. ¿Qué se puede criticar la película por eso? Pues sí, ya que razones peregrinas para destrozar películas las hay a mansalva.

En la línea de la crítica anterior hay que señalar que el mensaje que propone “300” está muy lejos de la típica corrección política que tantas alabanzas desata en películas como la aceptable “Crash” o la mediocre “Babel”, donde parece imposible encontrar un personaje realmente negativo, pues todos son buenos o cuentan con un razón de peso que sino legitima sí excusa el comportamiento de los personajes. Lo que sucede es que “300” propone una glorificación de la vía militar como forma de defender la paz y en estos tiempos parece pecaminoso no atacar con saña todo aquello que proponga esto. No obstante, nos encontramos ante una manipulación extrema de la realidad que busca con más ahínco su fuerza visual que ofrecernos algo con chicha por parte de un guión con notables y numerosas carencias. ¿Mensaje reaccionario y quizá algo fascista? Posiblemente, pero hay que saber ver las virtudes que nos ofrece la película y no dejar que nos ciegue completamente un detalle secundario.

Otros asuntos más interesantes relacionados con “300” se encuentran en aspectos como su banda sonora, obra de Tyler Bates. La particular mezcla de elementos orquestales, corales o riffs de guitarra (a mi juicio las que más lucen en su conjunción con las imágenes) produce un curioso efecto sonoro que oscila entre lo moderno y la música con raíces étnicas. Lo malo es que en varias fases de la película su utilización recuerda a la de otras cintas de temática (relativamente) similar como “Gladiator”. Sólo cuando apuesta por la contundencia en concordancia con lo que estamos viendo consigue lucir una auténtica personalidad propia. Ojo, no quiere esto decir que su uso no funcione, pero cuando una película pretende ser lo nunca visto hasta ahora no es muy excitante que su banda sonora nos traiga, en muchos momentos, a la cabeza otros filmes.

Llamativo resulta el vestuario, predominando los taparrabos y las capas (amén del yelmo de turno) en el bando espartano para resaltar el aspecto sobremusculado de esos personajes (no por nada se sometieron a un notable entrenamiento previo al rodaje). Por su parte, los ropajes del bando persa son más abundantes (curiosa la semejanza entre los inmortales y el personaje de Edward Norton en “El Reino de los Cielos”), siendo la principal excepción entre los enemigos está en la peculiar vestimenta de Jerjes, con más abalorios y piercings que ropa en su cuerpo (curiosamente también un taparrabos y una capa, en una especie de equiparación con los espartanos), algo que acrecienta la carga homosexual de este personaje.

Los efectos visuales son uno de los principales vértices de “300”, tal y como ya he ido desgranando hasta ahora, pero hay un detalle que multiplica los méritos de los mismos. La cinta de Snyder ha contado con apenas 60 millones de dólares (dicho en seco suena a mucho, pero la lamentable “Poseidón” casi triplicaba esa cifra y sus efectos palidecían de envidia ante los de “300”) y casi la totalidad de los planos han sido retocados a posteriori siguiendo una técnica similar a la empleada en “Sin City”. La labor de Chris Watts resulta decisiva para la creación de ciertas criaturas que pueblan la película, del estilo el exagerado lobo de los primeros minutos de metraje, los exagerados monstruos persas o el jorobado Efialtes, un espartano que debió ser “desechado” siendo bebé que agudiza la sensación extremista que ofrece la película en todos sus frentes, ya que da a entender que los espartanos sólo pueden ser musculosos superhombres o malformaciones andantes. El punto medio no existe.

CONCLUSIONES

“300” es una película (relativamente) revolucionaria a nivel visual, con múltiples detalles estimulantes y determinadas escenas logradas, pero en el fondo no es más que una fantasmada descomunal que estira más allá de lo permisible la simplista historia del cómic de Frank Miller, amén de introducir una subtrama que no ha sido bien desarrollada. Al final lo que queda es un entretenimiento bastante recomendable si uno sabe lo que una cinta de estas características propone, pero queda muy lejos de ser una gran película.

A lo largo de cada año hay no pocas películas que pasan desapercibidas de forma injusta. Ése es el caso de Más extraño que la ficción, una estupenda mezcla de drama y comedia que no lleva a sus últimas consecuencias su propuesta, pero ese detalle queda compensado con creces por los numerosos méritos de una propuesta emparentada con la estupendástica Adaptation.

Mi crítica de elpaisliterario aquí

La película que cierra el díptico bélico de Clint Eastwood ofrece un bagaje mucho más favorable que el de la discutible Banderas de Nuestros Padres. El primer acierto reside en prescindir del exceso de ambición de líneas narrativas de aquella, donde los poco logrados saltos temporales y la innecesariedad de la parte contemporánea lastraba la película de forma irremediable. En Cartas desde Iwo Jima, la preparación y consumación de la defensa nipona de la isla centran todo el relato con unos pocos flashbacks orientados a fortalecer a los personajes de mayor relieve en la trama. Quizá resulta desacertado que dos de ellos casi coincidan en pantalla al lastrar algo el devenir de los acontecimientos, pero en ningún caso resultan molestos. Un competente elenco de actores (algo en lo que la anterior fallaba de forma estrepitosa) y la casi total ausencia de altibajos de interés se unen al logrado dramatismo creciente de la película que en sus primeros minutos cuenta con un tono bastante más liviano de lo que uno podría esperar. Al final no llega la obra maestra que muchos esperarán, pero sí una muy buena película que ejemplifica lo que Banderas de Nuestros Padres debió ser por parte del lado americano, pero que, por desgracia, prefirió tirar por otros derroteros en lo que estuvo lejos de resultar atinada.

Mi crítica del paisliterario aquí (ya siento la tardanza)

PD: ¡¡¡Banzaiiiiiiii!!!

Si hay una película que me dé particularmente rabia que sea tan denostada es El último gran héroe. Vale que el bueno de Arnold ha hecho algún bodriete considerable, pero éste no es el caso. No sé si será que su particular mezcla de comedia y acción (algo que Shane Back, guionista de esta película, volvió a explotar en la muy simpática Kiss, kiss, bang, bang) puede ser malentendida al esperar una cinta de acción más. Una pena, porque es cojonuda.

Valga como pequeña muestra esta particular versión de Hamlet:

Y como, para alborozo de algunos, la gente se aburre mucho y hace cositas como ésta

Ais, volverá a aparecer algún día otro McTiernan?

Son muchas las películas que buscan entretener a toda la familia sin querer erigirse en la nueva obra de arte definitiva, pero el problema es que esa limitada aspiraicón ni siquiera es garantía de que salgo algo mínimamente digno. De hecho, la mayor parte de este tipo de películas acaban por resultar aburridas, sosas y hasta molestas a la intelgiencia. Afortunadamente, Noche en el Museo, sin ser nada del otro mundo, consigue su objetivo. ¿Es suficiente? Eso ya depende de cada cual.

Mí crítica del paisliterario aquí

me consta que no pocas personas han dejaod ya totalmente de lado el ver las películas en sus pases por televisión. Ya sea cosa de tragarse más anuncios que película, de tener que “someterse” a los horarios de las cadenas, la imposición de tragárselas dobladas y la disponibilidad de ADSL para verlas a su gusto han reducido el consumo de películas en la televisión (1), eso ya es algo que depende de cada persona. No obstante, yo sigo consumiendo películas, ya sea por falta de ADSL o por verlas en el PC mientras estoy también a otros asuntos o sencillamente porque en ese momento me apetece y mando todo a tomar por saco.

La pena es encontrarse con situaciones como el pase de ayer en Versión Española de la estupenda Cosas que hacen que la vida valga la pena (¿Alguien más la ha visto? es que pasó desapercibida en su día de narices de forma bastante injusta). ¿Tan difícil es lanzar adecuadamente los videos de la película? Me explico, llegó el primer corte publicitario y aproveché para entretenerme con otras cosas (que bonica es la Nintendo DS por dios! ^^). De repente, vuelve y la película ha pegado un salto espacial, temporal y uno de los personajes aparece borracho cuando antes de los anuncios estaba perfectamente sobrio. Pasan los minutos y aparecen los créditos finales…. una hora después de haber comenzado (contando dentro de esa hora los 15 minuticos de rigor de publicidad).

Yo ya andaba pensando qué clase de timo era ese…. cuando a mitad de los créditos finales cortan, pasan a publicidad y poco después la película regresa donde se había quedado tras el primer corte. Alucinado con lo que estaba pasando, seguí viéndola… y cortaron en el momento exacto previo a los minutos finales para dar un nuevo corte de anuncios, tras el cual repitieron de nuevo el final. Vamos, al elevación a la enémisa potencia del Spoiler. ya ni contarlo, simplemente la película avanza espontáneamente y te destripa el intrigulis del asunto. Una pena, porque con cosas así (2) también se le quitan a uno las ganas de ver películas en televisión…

(1) Así no es de extrañar que uno de los mandamases de Telecinco comentase hace unos días que su objetivo era eliminar las películas de su parrilla. Puedo entenderlo, pero si a cambio saturan más con programas del corazón, polígrafos o cansinos realitys… la cosa cambia.

(2) Al menos eso es mejor que emitir una película de madrugada… y cortar sus 10 minutos finales pro las buenas!!! Que es lo que sucedió hace unos meses en el pase de “Nightfall” de Jacques Tourneur por parte de ETB2. Lamentable.

Sigamos el reciclaje (el último en cierto tiempo, prometido) de antiguos escritos con esta aproximación a Superman returns. Vaya por delante que ODIO el personaje de Superman. Me resulta un héroe sin interés, odio su “camuflaje” y en general le tengo una tirria que ríete tú de la de Jack Bauer hacia cualquier terrorista internacional. No obstante, seamos justos, la cinta de Synger no es gran cosa, pero durante un buen rato es moderadamente entretenida y no te dan ganas de lobotomizarlo para que deje de molestar. El nuevo que hace de Superman (sé su nombre, pero importa acaso?) no está mal y Lois me gusta más que la de Margot Kidder, pero hay que ver la forma de meter la pata de la película en sus momento “cumbres”, en los que estuve a puntito de dormirme.

En fin, la crítica de verdad (porque las líneas anteriores son tan absurdas como el que esto escribe): Aquí

Algo atareado estos días, no veo posible actualizar esto como Dios manda, así que voy a aprovechar un texto que escribí hace ya unos meses (de ahí algun posible desfase que paso de corregir, pake mentir) y cuyo uso hasta ahora ha sido inexistente. Y para quien se queje de largo aviso que hay versión de 8 folios y pico! xD

El verano cinematográfico es tan curioso que para empezar no coincide con el verano de la gente de a pie. De mayo a agosto las grandes superproducciones dominan las carteleras de nuestros cines con un lento –suelen pasar semanas entre este tipo de estrenos- pero incesante goteo de los productos estrella que nos vienen de Hollywood. Este año hemos podido “disfrutar” de filmes como la lamentable El Código Da Vinci, la pasable Misión Imposible 3, la muy entretenida X-men 3, la estimable Cars, la digna Superman Returns o la soporífera Poseidón. Un bagaje harto discreto si lo comparamos con el de años anteriores –en especial el pasado, en el cual pudimos disfrutar de grandes películas como Sin City o Batman Begins- que podía haberse maquillado si la última gran esperanza de Hollywood hubiera estado a la altura de lo esperado por muchos. Me refiero, por si alguien aún dudaba, a Piratas del Caribe: El Cofre del Hombre Muerto, primera secuela – el año que viene nos llegará la siguiente- de la exitosa cinta de piratas protagonizada por Johnny Depp hace tres veranos que enganchó a millones de personas con una ingeniosa mezcla de humor, romanticismo y mucha aventura.

El problema es que el tópico referente a las segundas partes no es un mito indefendible, sino una realidad que coloca a esta cinta muy por debajo de las prestaciones de La Maldición de la Perla Negra. El primer factor es la falta de riesgo de los guionistas, los cuales no consiguen unificar con la misma brillantez los mismos elementos empleados para la primera entrega, porque que nadie dude que la secuela basa su potencial en aquellas cosas que hicieron arrasar a Jack Sparrow en su día. El hecho más sorprendente es la escasa presencia de las escenas de acción en el relato, en particular en sus primeros noventa minutos, lo cual supone un lastre notable para los interesados en la vertiente de aventuras. Es ahí cuando las carencias del guión se traducen en varias escenas apenas soportables –las dos despedidas de Will de dos de sus seres más allegados-, multitud de relleno para alargar el metraje más allá de lo permisible, la recuperación de dos personajes de la primera parte que se supone que tienen gracia, pero el problema es que sólo se supone. En definitiva, durante todo ese metraje sobrevuela de forma constante la sensación de encontrarnos ante escenas de transición, esas necesarias para dotar de continuidad al conjunto, pero que no sirven para nada si a lo que lleva es a más transiciones.

El punto de inflexión llega en una secuencia con múltiples acciones en las que están implicados diversos personajes y con una rueda de molino como invitado estrella. A partir de entonces, El Cofre del Hombre Muerto obvia el tedio ocasional precedente y se convierte en la cinta trepidante que debía haber sido en todo momento. Uno podría pensar en que los guionistas tenían el ego por las nubes tras su muy estimable labor en La Maldición de la Perla Negra –aunque allí pecaban de repetirse mucho a sí mismos en cierta fase del filme- y que se les escapó de las manos y por eso el metraje resulta tan desmedido. No obstante, parece más razonable pensar que las debilidades del guión se deban más a fines comerciales que a otra cosa. Uno tendría que estar viviendo en una burbuja para no enterarse del abrumador éxito que está teniendo esta secuela –en España ha batido récords de recaudación con una facilidad asombrosa- y precisamente ahí hay que buscar la razón por la cual El Cofre del Hombre Muerto carece de desenlace, lo cual convierte al filme en una jugada maestra para sus productores y una tomadura de pelo para aquellos que queríamos ver una auténtica buena película y no retales de calidad en un conjunto repleto de oscilaciones de interés y en la que la espada de Damocles del aburrimiento pende sobre el espectador durante muchos minutos.

El director Gore Verbinski se refugia de nuevo en los personajes que le hicieron alcanzar el mayor éxito comercial de su carrera tras el inmerecido fracaso de su notable El Hombre del Tiempo. El primer toque de atención que hay que darle a Verbinski es que parece haber enfermado del mal Jackson, es decir, incluir de forma abusiva trávellings aéreos como recurso de transición entre secuencias –comprensible-, escenas –discutible-, sin venir a cuento y porque queda bonito. La verdad es que Peter Jackson ya demostró sus carencias en King Kong y su decepcionante resultado poco hacía prever que nadie siguiera sus pasos, pero se ve que hay muchos realizadores que quieren hacerse los guays. Al igual que en La Maldición de la Perla Negra, El director de la infumable The Mexican demuestra poca pericia para imprimir mayor interés a las escenas de transición y su sobreabundancia en El Cofre del Hombre Muerto nos desvela su otro gran punto flaco.

Afortunadamente, Verbinski logra compensar en parte sus deficiencias son una esmerada puesta en escena en todo lo relacionado con el holandés errante, amén de ofrecer un muy prometedor primer minuto en la que la presentación de las acciones parecía propia de una cinta muda. No obstante, esos pequeños detalles serían insuficientes de no demostrar Verbinski una efectividad loable en el rodaje de las escenas de acción como el primer ataque del Kraken – su apenas sugerida presencia en esa escena emparenta por unos instantes la cinta con la magistral Tiburón- o la comentada secuencia con la rueda de molino. Es ahí cuando se mueve como pez en el agua, pero su apuntada escasez hace que Verbinski esté un escalón por debajo de lo ofrecido en la primera entrega.

Parecía difícil que Johnny Depp olvidase su aparente alergia a las secuelas y recuperase el personaje que le llevó a su primera nominación a los Oscar, amén de robar el protagonismo en La Maldición de la Perla Negra, pero, una vez confirmada la reaparición de Jack Sparrow, lo único que faltaba era que el personaje se desmelenara aún más para no correr el riesgo de repetirse a sí mismo. El problema es que Depp no consigue ir algo más allá, ya sea mediante una revelación sobre su personalidad –a buen seguro la prometida presencia de su padre en la tercera entrega cambiará este detalle- o a través de una mayor excentricidad. Da la sensación de pensar que el público ya está rendido a los pies de su personaje y que no es necesario aportar nada nuevo. Puede que para muchos El Cofre del Hombre Muerto no sea más que una excusa para reencontrarse son el sin igual Sparrow, pero eso es algo que no nos sirve a todos.

El resto del reparto está poblado de rostros ya conocidos como Orlando Bloom y Keira Knightley como la pareja de turno necesaria en toda producción que quiera captar al público interesado en el lado romántico de la vida. Puede que uno luzca un corazón de piedra, pero este tipo de subtramas suelen suponer un lastre considerable y si uno de los intérpretes es tan limitado como Bloom la cosa mejora muy poco. Entre los que repiten es necesario destacar a Jack Davenport como el antiguo comodoro Norrington, ya que el aburrido aire estirado de su personaje en La Maldición de la Perla Negra desaparece para dar pie a un fracasado harapiento y borracho que le da mucho más interés. Todo lo contrario puede decirse del dúo de presuntos simpáticos –al menos para el público. Piratas que uno no se explica qué narices pintan en la película si ya lo del ojo de uno de ellos resultaba cansino en la primera entrega.

Entre las novedades sobresale Bill Nighy como Davy Jones, corsario mitad hombre mitad pulpo que reclama el alma de Jack Sparrow. El look del personaje es uno de los mayores hallazgos visuales de la película, pero la abrumadora mayoría de los espectadores españoles han tenido que soportar un doblaje que produce un efecto muy distinto al que Nighy imprime al personaje. Su peculiar tono de voz entrecortado resta autoridad al personaje e incluso le hace objeto de mofa por parte de los que veían el filme, algo que choca de forma clara con lo que Jones pretende transmitir. Una lástima, pero es el precio a pagar por la excesiva aceptación que tiene el doblaje entre nosotros. Curiosa es también la presencia de Stellan Skarsgard como Bill “El Botas”, uno de los tripulantes del holandés errante y muy cercano a uno de los personajes principales. Las limitaciones de un personaje demasiado preocupado por alguien –la relación entre ambos está saturada de los más molesto tópicos- contaminan la por otro lado correcta interpretación de Skarsgard.

El balance final de El Cofre del Hombre Muerto depara una ligera ventaja hacia lo positivo, aunque los matices son demasiados como para ser desoídos. La cinta está muy por debajo de La Maldición de la Perla Negra, le sobra mucho metraje, algún personaje y bastante del tono serio que adopta por momentos. Además, le falta más acción y, ante todo, más entretenimiento para estar a la altura de lo esperado. Lo que queda no es malo y uno puede pasarlo moderadamente bien, pero yo al menos esperaba bastante más.

Hay ocasiones en las que acercarse a una película sin resultar demasiado revelador sobre importantes elementos de la trama resulta una tarea francamente complicada. No obstante, dicho problema se acrecienta cuando el propio filme se perfila como un gran enigma en sí mismo y casi comentar cualquier pequeño detalle argumental resulta excesivo. Ese es el caso de “El truco final (El Prestigio)”, nuevo trabajo del responsable de extraordinarias obras como “Memento” o “Batman Begins”.

“El Prestigio” (permítaseme la licencia de referirme a ella por el que debería ser su título) es una cinta con sucesivas capas de análisis, pero la menos reveladora (a la par que la más importante) nos permite hablar de la rivalidad entre dos magos, antaño amigos, que viven obsesionados con estar por encima del otro y esa obsesión determina sus vidas de forma inapelable. Por el camino nos cruzaremos con otra rivalidad, en este caso en el campo científico, sacrificios, sabotajes, fallos, aciertos, pero ante todo con el componente enigmático que plantea el filme, creado como si de un propio truco de magia de tratase, aunque calificarlo como tal resultaría de una simpleza imperdonable.

Chritopher Nolan consigue que en este largometraje cohabiten (como mínimo) dos películas de diversa naturaleza. La primera de ellas gira alrededor de la faceta de entretenimiento de la propuesto, más complejo de lo habitual debido a sus continuos saltos temporales y espaciales que los espectadores que se opongan a la rotura de la linealidad de la historia pueden rechazar. Es aquí donde debemos adscribir la historia de rivalidad entre los magos interpretados por Christian Bale y Hugh Jackman, la cual no tarda en alcanzar la categoría de obsesión, el tema fetiche (1) en la carrera de su director. Esta cara de la función radiografía la personalidad de sus protagonistas (sometiendo al resto de personajes a una función meramente accesoria) a la par que desarrolla una mezcla de intriga y drama destinada a satisfacer a todo tipo de público. Cierto que la elegancia de la puesta en escena de Nolan (menos preocupado por el virtuosismo que otros compañeros de trabajo, pero no por ello menos brillante), el estupendo trabajo en facetas “menores” (ambientación, vestuario, fotografía, etc.), el remarcable trabajo interpretativo y la alteración de una estructura narrativa convencional eleva a “El Prestigio” por encima de la naturaleza de mero entretenimiento.

Lo que sucede es que hay que saber ver más allá de lo que parece ser la película para encontrar el auténtico desafío que nos depara “El Prestigio”, que guarda ciertas semejanzas con la excelente “Adaptation” en ese aspecto. El personaje de Michael Caine nos recuerda nada más abrirse el filme las partes de las que consta todo truco de magia y “El Prestigio” abraza abiertamente esa definición para construir lo que, de forma quizá un poco reduccionista (nos ofrecen suficientes elementos de análisis más parciales a lo largo de sus dos horas de metraje para no quedarnos sólo en eso, pero que todo gira a su alrededor es innegable), es un enorme truco de magia, que coincide con la muy menor “El Ilusionista” en una tendencia sobre-explicativa en sus minutos finales. No obstante, lo que diferencia la cinta de Nolan a la de Neil Burger es la extrema coherencia que ésta tiene en “El Prestigio” respecto a lo que nos ha ido mostrando y la necesidad de su (relativa) deficiencia dentro de las necesidades de esta “cara” de la función.

Uno de los rasgos más destacables de su guión es la ya comentada ausencia del desarrollo lineal de la historia, pero ésta no obedece a razones puramente arbitrarias como sí sucedía en la reciente “Babel”, sino que puede verse como un mecanismo de fusión entre el componente ilusorio de un truco de magia y las posibilidades narrativas del medio cinematográfico. Otro elemento de interés del guión que los hermanos Nolan han extraído de la novela de Chritopher Priest recae sobre la distinción de la clase social de ambos con diversas adscripciones genéricas, pues la abultada cuenta corriente de Angier (2) tiene su reflejo en ciertos rasgos propios del cine de ciencia ficción, mientras que los limitados recursos de Borden adoptan rasgos más terrenales. Esta dualidad impregna otros muchos elementos de la función, como los apuntes sobre la rivalidad histórica de Tesla y Edison, algún personaje cuya actitud va y viene y también puede verse en su tramo final.

Interpretativamente, el que más sale ganando es Hugh Jackman, puesto que su personaje es el hilo conductor de las dos líneas narrativas que nos depara la película. Esto se ve claramente en su intento de dilucidar los secretos del truco del hombre transportado de su rival y su obsesión por superarlo. En la otra, su rivalidad con Borden por un trágico suceso nos depara un duelo más equilibrado en el que la propia película hace más por conseguir que Jackman destaque sobre el notable trabajo de Christian Bale. Con “El Prestigio” Jackman reivindica sus virtudes como actor dramático y el filme no olvida su carácter dual para él, ya que la faceta alcohólica que nos ofrece resulta irresistible. Por su parte, Bale permanece más en la sombra, bien guarnecido bajo una familia que quiere y un truco fenomenal que tiene ideado desde hace tiempo pero al que, por sí mismo, no termina de sacar todo el partido que ofrece, pero la (relativa) grisura de su personaje no le impide demostrar su talento. Por su parte, ningún pero cabe ponerle al trabajo de Michael Caine, compañero y mentor de Angier, ni a la sugestiva presencia de David Bowie como Tesla (aunque su personaje resulta algo desaprovechado). Más peros cabe buscar al apartado femenino del reparto, pero la importancia accesoria de sus personajes les impide lucir dentro de su (muy) limitada importancia en el relato. Si acaso, el personaje de Scarlett Johansson tiene algún momento de cierto brillo, pero uno no puede evitar pensar que ella está en la cinta para lucir ropa ajustada que provoque el babeo del público masculino.

Al final, lo que nos depara “El Prestigio” es una película con diversas lecturas que también puede satisfacer a la gente que busque un mero entretenimiento (3), pero que no conviene limitar a apenas eso. Las virtudes en casi todas sus facetas las veo difícilmente discutibles si se acepta la apuesta que hace la película tanto a nivel conceptual como estilístico y lo mejor de todo es la capacidad que tiene esta nueva maravilla de Chritopher Nolan de crear tal cantidad de pequeños matices que sus (discutibles) defectos se empequeñecen a medida que uno reflexiona sobre la película.

(1) De “Following” (su primer largometraje) a “Batman Begins” la obsesión de sus protagonistas vertebra todos sus trabajos, ya sea por las vidas ajenas en su ópera prima, por la muerte de su esposa en “Memento”, la muerte “accidental” de un compañero a sus manos en “Insomnio” o la venganza de la muerte de sus padres (por mencionar sólo una) en “Batman Begins”. De hecho, ya en “Doodlebug”, su último cortometraje de apenas 3 minutos de duración, se presagiaba esa constante temática, puesto que su protagonista se obsesionaba con atrapar a un misterioso ser que aparecía en su salón.

(2) La película hace varias alusiones al coste económico de la obsesión de Angier por superar a su rival, pero no se incide en la procedencia de la misma, ni en la necesidad que tiene de hacerse mago, ni tan siquiera de cómo dos hombres de mundos tan distintos se conocieron e hicieron íntimos antaño. La diferencia de clases no parece interesar en sí misma, pero sí las diferencias que esto puede ofrecer en el nivel de las posibilidades que tienen ambos para desarrollar su magia.

(3) No obstante, en ese caso lo más probable resulta que se carguen la película por su desenlace, como ya sucedió con una pareja presente en la misma sesión que quien esto escribe, la cual catalogaba al filme como bien entretenido hasta que todo se derrumbaba al final. Es la pega de quedarse sólo con una de las caras de “El Prestigio”.

SPOILERS (los que comenten lo que sigue, por favor, matizad en vuestro comentario que vais a hacer referencias spoileras)

Como ya avisé días antes estos próximos párrafos van a ser un comentario repletito de spoilers sobre “The Prestige” básicamente orientado a que aquellos que ya hayamos visto la película podamos comentar cosas sin la necesidad de cortarnos para no fastidiársela a los que aún no la hayan visto. Para ellos ya he colocado una análisis procurando evitar a toda costa referencias explícitas a la película que además sirve como base (no me voy a dedicar a repetir lo mismo paso a paso dando ejemplos) a las sucesivas apreciaciones del texto que nos ocupa. Matizado esto, ¡vamos allá!

El mayor elemento de discusión reside sobre las características de su desenlace. Cierto que el asunto de los clones del personaje de Jackman había quedado claro varios minutos antes, pero el asunto del hermano gemelo de Bale puede verse con facilidad como un rasgo para conseguir un final sorpresa, pero las características de tal giro (en sí misma es una excusa algo absurda) unidas a las cuantiosas pistas que el filme ha ido desgranando y el no haber hecho la trampa de recurrir a los efectos especiales para disimular la apariencia (y voz) de Fallon refuerzan la tesis de la película.

Nada más comenzar, el personaje de Michael Caine explica las fases de un truco de magia y hacia el final se nos recuerda que “El público prefiere seguir engañado”. ¿Mera excusa para resolver las deficiencias de su desenlace o perfecto (aunque no apasione) cierre para lo que la película nos propone? No dudo que habrá bastantes que opten por la primera opción, pero yo creo que los presuntos errores referidos a lo que nos desvela al final se deben a la elección de los hermanos Nolan de estructurar la película como un complejo truco de magia, que explicado (sobreexplicado a decir verdad) deja a las claras todos los (posibles) errores del relato e incluso puede llevar a la conclusión de lo innecesario de lo que hemos visto hasta entonces. ¿Acaso hay algo más absurdo que recurrir a la memez del hermano gemelo? Ah sí, ¡recurrir a lo de los clones!, pero ahí la película había jugado de forma justa con el espectador (1), con lo que ponerla a caldo depende simplemente de que a uno le apetezca o no.

El problema es que “The Prestige” en realidad es la ejemplificación del truco del protagonista en la sombra de la función, ya que es Jackman sobre el que recae el peso del avance narrativo de los hechos, pero es de Bale de quien la película se sirve para engarzar la magia con el medio cinematográfico. Esta no es la ocasión de sacar a relucir el manido concepto de suspensión de la incredulidad para que, según cada uno, el desenlace cuele o nos parezca la tomadura de pelo definitiva. Lo que sucede es que la película se disfraza de entretenimiento lujoso y algo atípico (los constantes saltos temporales y espaciales) y, más allá de la efectividad de dicha faceta (fácilmente puede mantenerte adicto a la historia o importarte tres pimientos, eso ya depende de las inquietudes y gustos de cada cual) lo que ofrece el desenlace es la certeza de una película perfectamente preconcebida como aproximación a la esencia de la magia, en el fondo inexistente al no ser más que una ilusión y destruida la misma lo que queda es un chasco de tres pares de narices.

Pensaba comentar algún aspecto más en esta revisión spoilera, pero entre la falta de tiempo y ganas y que creo que lo realmente importante que se revele más de lo debido de la cuenta reside en lo ya comentado zanjo el asunto aquí.

(1) (aviso que este 1 pertenece a la parte con spoilers) Vale que ver la muerte de Jackman al principio puede rebatir esa afirmación al no conocer lo de los clones, pero el filme no intenta ocultarlo cuando se desarrolla el meollo de todo.

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