Películas


Son ya muchas las reflexiones realizadas en la blogosfera acerca del nuevo trabajo de Christopher Nolan y como para ser meramente repetitivo prefiero seguir enviciado al Ouendan en la Nintendo DS he preferido dividir su análisis en dos. Una destinado a cualquiera, evitando alusiones spoileras y otro donde dar rienda suelta a las ansias de hablar libremente sobre ella que seguro bastantes comparten. Por el tema del doble trabajo, del enviciamiento comentado (obsesionado con ratones azules gigantes estoy) y de que prefiero que el máximo posible de gente comente, rebata o me llame majadero por mis alusiones explícitas sin destrozarse la película por el camino voy a postergar unos días más su aparición por estos lares.

No obstante, para que este post no sea la mayor tontería del siglo aquí os dejo unos enlaces a mis impresiones sobre los dos trabajos anteriores de Nolan (¿Por qué sólo esos 2? Pues porque me apetece… y porque tampoco tengo comentarios en condiciones ni la de insuperable Memento ni de la notable Following):

Insomnio

Batman Begins

Y como apostilla final decir que estos días he podido ver (gracias al animalito de carga) Doodlebug, cortometraje de Nolan que ya presagia la principal constante temática de su obra (la obsesión de su protagonista con algo) y una de las variantes / consecuencias (la autodestrucción) de la misma que sus largometrajes exploran aunque sin terminar de concretarlo. También puede verse de forma claramente explícita otro asunto que domina el cine de Nolan, pero su mera mención ya sería quitarle cualquier tipo de gracia a su visionado (además, son 3 minutos escasos de corto). Con todo, si os da por intentar haceros con él, dos avisos: No busquéis subtítulos (no hacen falta) si optáis por la opción descarga (a mí no me quedó otra, porque youtube me odia) y tampoco esperéis gran cosa más allá de una mera curiosidad dominada por su aire de esbozo de lo que vino después.

El remake de Las Colinas tienen ojos ha gozado de muy buena aceptación, pero cuesta aceptar los comentarios elevándola por encima del original de Wes Craven cuando durante buena parte del metraje sigue los mismos caminos que uno de los mejores trabajos del artífice de Pesadilla en Elm Street. Además, esta nueva versión obvia uno de los elementos más interesantes del original (su inspiración en el caso real de Sawney Beane ) para abrazar el fácil recurso de las mutaciones como poco estimulante ejercicio de crítica al gobierno norteamericano amén de elemento intensificador del impacto terrorífico de los matarifes. Pese a todo, el bagaje general es de una notable (aunque inferior a la de Craven) película que gana enteros en su tramo final, que es cuando realmente se decide a contar algo (relativamente) nuevo.

Edito: Ante la remodelación de Elpaisliterario esta crítica concreta ha desaparecido, así que la pego aquí, ruego se excuse la ausencia de fotos:

Siempre he sido un gran apasionado del cine de terror y el subgénero que abarca las atrocidades que cometen los diferentes psychokillers de turno es mi mayor debilidad, aunque no me cueste reconocer la cantidad de bodrios que se han hecho. Uno de los directores que más destaca dentro de esta modalidad es Wes Craven, muy conocido por ser el “padre” de Freddy Krueger, pero a lo largo de su carrera nos ha presentado a otros psicópatas como el protagonista de Shocker o la familia asesina de Las colinas tienen ojos. Viendo el actual panorama hollywoodiense era sólo cuestión de tiempo saber qué película era la elegida, ya que los excelentes resultados, tanto comerciales como artísticos, de las nuevas versiones de La matanza de Texas y Zombi invitaban al optimismo. Finalmente, la elegida fue la segunda película de Craven, realizada tras su sobrevalorada La última casa a la izquierda, y tras varios meses de desfase respecto a su estreno en USA ya hemos podido disfrutarla.

El primer gran acierto de esta nueva versión es el fichaje para la dirección del francés Alexandre Aja, nombre poco conocido para muchos, pero uno de las realizadores más esperanzadores para los seguidores de este tipo de obras, ya que con Alta Tensión, su anterior filme, dio sobradas muestras de talento para revitalizar este tipo de producciones, en especial en lo referente a la creación de una atmósfera agobiante. Por desgracia para muchos, Aja malograba en parte los méritos de aquella película con una resolución francamente decepcionante, por lo que su fichaje para Las colinas tienen ojos era visto como una oportunidad de oro para ofrecer una cinta redonda. El original es una muy buena película que se caracterizaba por el ambiente malsano y por la estupenda presencia del poco valorado Michael Berryman como uno de los integrantes de la familia de matarifes, pero presentaba ciertas deficiencias, algunas producto de su escaso presupuesto, otras de un guión no del todo atinado –su excesivamente brusco desenlace-, lo cual hacía pensar en una de esas raras ocasiones en las que la nueva versión supera al original. Lamentablemente no ha sido así.

El cineasta francés realiza un muy apreciable ejercicio de estilo a lo largo de todo el metraje, impidiendo en todo momento el aburrimiento del espectador y superando con creces la labor desempeñada por Craven, pero ciertos fallos de raíz se revelan insalvables por su parte. El más destacable es la apuesta de la película por convertir a la familia de psicópatas en unos mutantes, resultado de pruebas nucleares llevadas a cabo por el ejército norteamericano en la zona, lo cual da pie a una lectura de la película como una crítica a la política gubernamental de ese país, pero donde unos ven eso yo veo una mera excusa para dotar de un aspecto inquietante a los psicópatas. En ese sentido, el filme sigue la línea de producciones como la simpática Km. 666 de presentar un mal amorfo, que impacta más por su aspecto físico que por las atrocidades que cometen –matizar que en ese punto concreto la cinta de Aja es muy superior- y denota la incapacidad de los responsables de encontrar a actores cuya mera presencia ya transmita malas vibraciones al espectador. Por ahí se le empieza a escapar la película a Aja, ya que ese facilón recurso le resta empaque a la matanza, amén de alejar de forma definitiva la historia del caso real del escocés Sawney Beane y su familia, de la cual bebía con acierto la película de Craven.

No obstante, la mayor pega que hay que ponerle a Aja es que ha sido incapaz no sólo de igualar el aire enfermizo del original, sino de mejorar lo que ya nos había ofrecido en Alta Tensión. Sería estúpido negar el buen pulso con el que lleva el avance de los acontecimientos, pero las posibilidades de ambientación que ofrece la acción sólo son verdaderamente aprovechadas por Aja cuando decide alejarse del esclavismo hacia el original para ofrecernos unos últimos 20 minutos bastante más efectivos. Es en esos minutos cuando Aja sabe estar a la altura, ofreciendo interesantes variantes que sólo pueden llegar a chirriar un tanto por la súbita transformación de uno de los personajes, pero, pasando lo que pasa, eso se convierte en algo perdonable. En el resto del metraje resulta imposible eludir la comparación con la cinta original y ahí sale perdiendo. Cierto que el estilo seco y contundente de Aja se mantiene para la ocasión, pero el clima de las acciones apenas resulta un pálido eco del tono malsano de la de Craven. Es por esto por lo que Las colinas tienen ojos se sitúa por debajo de las prestaciones del pequeño clásico de los setenta, ya que, aunque para algunos la importancia de estos factores es mucho más relativa, éstos son los únicos puntos en los que está por debajo de forma llamativa.

Los actores no son un factor decisivo en estas producciones, salvo que algún actor destaque por alguna anomalía física como el ya mencionado Berryman –el actor que se ve en el póster de la cinta original-, el cual arrastraba una enfermedad desde joven que le dotaba de una peculiar estructura ósea en su cabeza. No obstante, las comentadas mutaciones son el arma de doble filo con el que juega el filme, ya que, por una parte, son harto eficaces y no hay que ponerle el más mínimo pero a los efectos de maquillaje, pero me sigue dejando la sensación de ser un remedio facilón para epatar a los espectadores fácilmente impresionables. Difícil es juzgar las actuaciones de los integrantes de la feliz familia de psicópatas, pero su presencia no resulta demasiada grotesca –un fallo demasiado común en producciones así- e imponen su ley en sus apariciones en pantalla, lo cual no es poco, pero cuando uno ha visto infinidad de películas de un corte similar siempre ha de exigir algo más.

En lo referente a la familia de pobres incautos que no saben la que les espera destaca la presencia de actores que gozan de cierta fama por papeles de escasa entidad en otras producciones. Por ejemplo, Aaron Stanford, Pyro en las dos últimas entregas de los X-men, compone un acertado hombre reacio a la violencia que se ve desbordado por la espiral de muertes. Un persona recargado de tópicos a la que la actuación de Stanford añade ciertos elementos de interés. También nos encontramos con Emilie de Ravin, la madre soltera de la excelente teleserie Perdidos, en el típico papel de guapa jovencita asustada que poco más que lucir palmito aporta. Más interesante resulta la presencia de Ted Levine como el patriarca de la familia, ya que sus primeros minutos el filme juega con el antagonismo entre la personalidad de su personaje y el de Stanford, los cuales pueden ser fácilmente vistos como representaciones de las dos clases de hombre medio más extendidos, centrándose la película en sus divergencias sobre el uso de armas de fuego. Del resto poco más cabe destacar salvo la presencia de Vinessa Shaw, no porque su interpretación sea buena, sino por ser la principal implicada en uno de los mejores momentos de la cinta, en el cual uno de los psicópatas amenaza al bebé de ésta con un arma, lo cual la obliga a adopta una actitud pasiva nada estimulante.

Lo que al final nos queda con Las colinas tienen ojos es una eficiente revisión de la cinta de Craven, a la cual mejora en varios aspectos, pero sus decepcionantes resultados en ciertos puntos clave la impide superarla. Independientemente a esto, Aja construye un largometraje de suficiente atractivo para considerarlo uno de los pocos capacitados para mantener vivo un género herido de gravedad por la cíclica aparición de subproductos en la línea de la excelente Scream, la cual revitalizó el subgénero, pero a un precio demasiado alto.

Otros asuntos me tienen algo distraído estos últimos días, así que me limito a dejaros un pequeño bosquejo acerca de Hollywoodland:

- Uno de los elementos más cuidados de la película se su notable detallismo para acercarnos al Hollywood de la época, algo en que el debutante en cine Allen Coulter posiblemente haya heredado de su carrera televisiva, dominada por su paso por varias series de la HBO.

- Además, el filme consigue un acertado halo de cine negro que sabe despojarse de la sensación de falsedad que desprende durante ciertas momentos de su inicio (la fiesta en la que se conocen los personajes de Affleck y Lane) y también en algún momento su banda sonora (en el resto de situaciones acertada, pero hay momentos en los que el acompañamiento musical sobra), amén de hilar con acierto la historia de la investigación de la muerte de Reeves y la vida de aquel.

- El único “pero” de cierta magnitud achacable a la película es la inevitable sensación de que al final no sabe del todo bien hacia dónde se dirige y opta por una resolución bastante poco interesante al haberse adscrito al estimulante cine que acoge como premisa la teoría de la conspiración, con J.F.K. como ejemplo aún no superado en dicha línea.

- Sorprende, pese a estar sobre aviso, la actuación del normalmente poco inspirado (por no decir alguna burrada) Ben Affleck. Sabe sumergirse en un perdedor cuyo éxito como uno de los iconos de la ficción (en este caso televisiva) mundial no le sirve y sus propias aspiraciones van camino de destruirlo. Te lo crees en todo momento, ya sea ilusionado, (algo) ególatra, pasota, dolido. No hay pero alguno que ponerle.

- Una línea paralela cabría trazar entre el personaje de Affleck y el de Adrien Brody. Sus propias aspiraciones les impiden conformarse con aquello que les costó conseguir y la autodestrucción parece su única salida. Cuesta, en ocasiones, creerse la determinación del personaje y la actitud pasiva de otros hacia él (su antiguo compañero), pero Brody soporta bien el peso de la investigación del caso Reeves, bajando algo el interés cuando el filme se centra en su desastrosa vida familiar (incluyo aquí lo referente a su ¿amante, novia?).

- El tercer personaje con peso realmente reseñable recae sobre Diane Lane y a mí me resulta el caso menos conseguido del trío. Cierto que juega con un personaje que se mantiene más en la sombra (más evidente en la historia de la investigación, donde su ausencia caracteriza al personaje), ya sea para apoyar a Reeves a la vez que pone ciertos límites a sus ansias de más (muy efectivo el momento del pase al público en una sala de cine) u otras situaciones. Tal vez por eso algunos valoren más su trabajo, pero yo quedé marcado por la introducción del personaje y su forma de coquetear con Reeves casi me saca de la película del todo. Vale, quizá me exceda con mis reproches (mayormente por sus risotadas hipermegaultrafalsas) y los momentos en que vuelve al primer plano (cierta conversación aclaratoria de la realidad con Reeves) lo compensen, pero ea.

- El resto de secundarios cumple a la perfección con su cometido, aunque, en líneas generales, sus personajes tienden a quedar menos definidos de lo que a uno le gustaría, en especial el caso de Bob Hoskins como tiránico dirigente de un estudio hollywoodiense o el de Robin Tunney (estupenda durante sus primeras apariciones, luego baja algo el nivel) como la pareja de Reeves, pero para retratarlos del todo haría falta más que una película. Fuera de esto queda Molly Parker (estupenda en Deadwood), ya que su personaje directamente no interesa.

- En líneas generales es una película notable que capta el interés del espectador acogiéndose al “¿Y si no pasó lo que se dice que pasó?”, realzada por un buen trabajo interpretativo, una estimable labor de su director y una ambientación impecable. Queda por el camino ciertos asuntos que hubiera sido mejor perfilar mejor, pero al menos no estamos ante otro desastre tipo La Dalia Negra (que es lo que temía ante ciertos elementos iniciales del filme). En fin, que podría haber sido mejor, pero para nada es poco lo que nos ofrece Hollywoodland.

Enormemente fallido mosaico del dolor y la incomunicación humana con una grave sobredosis de pretenciosidad. Cuatro historias interconectadas como reflejo mundial, pero la verdad es que la ubicación de las mismas en diferentes puntos del globo es innecesaria. Sobran historias, sobra metraje y, ante todo, ínfulas de grandeza. Por el camino, hay buenas actuaciones y algunos momentos interesantes, pero al final lo que queda es la peor película de Iñarritu, que por querer abarcar demasiado (casi) todo se va al garete.

Mi crítica en elpaisliterario: aquí

P.D. Como tuve la desgracia de verla doblada apuntar el horrible desaguido montado por el doblaje, capaz de poner que un personaje es incapaz de comunicarse con otro por su diferencia de lenguas para que más adelante sea doblado por las buenas. ¡Vaya sinsentido!

La primera etapa de esta especie de comparativa entre el potencial y la realidad de las teleseries y las películas tiene como parada los personajes de las mismas. Establecer una relación en términos de igualdad resulta ya de entrada injusto debido a la diferencia de formato de ambos casos, pero ello no debe servir como excusa.

Los personajes fílmicos tienden a caracterizarse por la necesidad de superar un problema que surge alrededor de ellos, el cual se plantea, se desarrolla y se finiquita dentro de unos bien delimitados límites de duración. Dejando a lado posibles incompetencias del guionista de turno, los roles protagónicos son los mejores definidos y vertebran al resto a su alrededor. Aquí surge el primer problema esencial: ¿Cómo conseguir un equilibrio creíble en el apartado de secundarios? Es muy sencillo sacarse personajes de la manga para resolver situaciones puntuales (cuando no están directamente supeditados a discutibles giros de guión finales), otros cuya importancia residual en el relato no justifica su presencia, algunos que se ganan la simpatía / empatía del espectador pero que apenas gozan de unos minutos en pantalla, los cuales entroncan con la evidencia de los personajes desaprovechados: En el cine es común encontrar a intérpretes que, por una (falta de suficiente éxito para confiarle roles principales) u otra (actores en horas bajas) razón, caen en personajes muy por debajo de sus posibilidades y eso es algo que puede no resultar explícito para los que no tengan particular interés en ellos, pero al resto puede resultarle molesto. Ojo, la propia naturaleza de la película justifica en no pocas ocasiones la existencia de personajes con escaso relieve, ya que las limitaciones en términos de duración imposibilitan un desarrollo suficiente en todos los casos.

Ante esa situación podríamos refugiarnos en largometrajes de aire coral en el que nadie es el protagonista y todos lo son al mismo tiempo, pero, salvo meritorias excepciones, eso suele propiciar una dispersión, quizá no en el interés del devenir de la historia, pero sí en el desarrollo de los personajes. Existe un elemento, bastante arraigado en nuestros días, que, en principio, desafía las limitaciones de los personajes y es el fenómeno de las secuelas o sagas. Esto podría servir para ir desgranando elementos sobre la naturaleza de los protagonistas, enriquecer sus matices y dotar de mayor dimensión a aquellos que en las primeras entregas apenas cuenten con presencia en pantalla. No obstante, aquí nos encontramos con que en no pocas ocasiones el filme inicial cerraba las situaciones a nivel argumental y futuras entregas, dejando a un lado su posible calidad, se limitaban a operaciones para sacar el dinero a los fans de los personajes y, si acaso, alterar sólo levemente sus rasgos para no correr riesgos en su devenir comercial.

En el otro lado de la balanza encontramos a los personajes de teleseries, donde adoptar un patrón general es una imbecilidad injustificable, ya que cada serie sigue caminos distintos en el desarrollo de los mismos. Basta con comparar la planidad de “C.S.I.” con el ejemplar diseño de personajes de “El ala oeste de la Casablanca” para relativizar todo lo que diga a continuación. Pongamos que las teleseries cuidan, en general, el asunto de la continuidad en ilustrarnos elementos interiores de la vida de los personajes. Algunos lo harán peor (a trompicones, varios capítulos sin nada y grandes revelaciones ocasionales) y otros mejor (pequeños detalles en cada episodio que no sólo enriquece al personaje, sino a los que lo rodean y a la propia teleserie), pero aquí entra en juego un factor mal visto a nivel cinematográfico al ser entendido como apostar por lo fácil: La interpretación “reiterativa” nos permite calibrar mejor (pero sólo en cierto sentido) el nivel de los actores, porque en las películas el tema de la motivación que suscite determino personaje en el actor lo hipermotiva para sacar de sí más de su nivel real o se limita a pasar por ahí para cobrar el cheque. Dicho elemento desaparece (si estás hipermotivado… mantenlo durante años, ¡imposible! Y si apuestas por la apatía… seguramente la serie acabe por ser cancelada) en el campo de las teleseries, donde, la discusión debería estar entre en qué punto queda el asunto de calibrar si estamos ante un utópico nivel medio interpretativo que el actor puede dar o ante un asunto acomodaticio en el que el espectador puede estar tan entregado al personaje (el factor encariñamiento, vamos) que pase por alto situaciones que en una película chirriarían sobremanera.

Esta doble posibilidad permite por un lado apelar negativamente a la carrera de actores que se “refugian” en una teleserie con un “está acabado” y no molestarse en ver más allá. Pero, ¿Qué sucede si el actor está en la fase inicial de su carrera? ¿suerte de caer en un papel idóneo, por estar en una serie de gran éxito, porque el público de estas producciones no es tan exigente? Es tan fácil valorar despectivamente las teleseries como lo ha sido hacerlo respecto a los cómics. El problema reside es que es tan fácil como equivocado. Cierto que existe el acomodo interpretativo y eso es algo que encontramos en no pocas teleseries, pero antes hay que saber llegar a él (qué fácil es restar cualquier tipo de mérito a conseguir una supuesta empatía perfecta con el personaje) y es ahí donde reaparece la duda: ¿En qué momento el actor se ha acomodado al personaje? Una forma de luchar contra la idea de que sucede al de pocos capítulos (o directamente en el primero) es la sucesiva aparición de episodios que, si bien descuidan el pilar argumental de la serie, refuerzan el personaje, lo matizan, obliga a revisar sus características hasta ese momento y determina un punto y aparte respecto al mismo. La pega es que eso no se puede hacer episodio sí, episodio también y, en general, suele limitarse a ir desgranando detalles, insignificantes para algunos, pero vitales para otros.

Y creo que voy a ir dejándolo aquí, que me hubiera gustado apuntalar algún detalle más, pero tiempo habrá (no quería eternizar esto) cuando toque hablar del aspecto de la riqueza de las tramas.

No soy un consumidor habitual de cine español actual. Los motivos son sencillos: Hay pocos directores que me motiven a ver sus películas sin fijarme demasiado en sus historias y el resto, la verdad, normalmente las tramas no me llaman la atención y hace tiempo que dejé de fiarme de las críticas halagadoras hacia el cine nacional. Me quedó la clara sensación de sobrevalorar las producciones españolas por el mero hecho de serlo o de venir de la mano de tal o cual persona. Eso no me sirve, porque yo acepto la subjetividad, pero los trucajes interesados no. Esto me lleva a ver muy pocas producciones españolas en cine y además luego no me preocupo en recuperar la gran mayoría de lo que se hace. Simplemente no me interesa lo suficiente.

Es curioso que ante tal panorama haya visto las tres películas de Patricia Ferreira casi sin percatarme de ello. “Para que no me olvides”, la cinta que nos ocupa, supone la confirmación en el interés ascendente de su obra, la cual se inició con la mediocre “Sé quién eres” (la cual me recordó a la espléndida “Recuerda”, pero en una versión muchísimo menos interesante) y continuó con la entretenida “El alquimista impaciente” (cinta que tuvo cierto eco en su día por tener en su reparto al famoso actor porno Nacho Vidal) para ofrecernos ahora su película más conseguida. En esta ocasión, Ferreira se decanta por un drama intimista sobre la pérdida de un ser querido y la dificultad para superarlo que, en ciertos momentos, recuerda a la notable “La habitación del hijo”, aunque la cinta italiana se centra sobremanera en la influencia de la muerte en su padre y Ferreira prefiere darnos de una visión con más matices de la forma de sobrellevar la muerte de alguien a quien amamos.

La cinta destaca el protagonismo de Fernando Fernán Gómez, pero conviene no dejarse engañar por este dato. El veterano actor tiene un rol profundamente afable y conciliador, pero su peso en la película es menor. Su Mateo refleja a un hombre al que el dolor debió destrozar en su época, pero con el paso del tiempo ha aprendido a sobrellevarlo de la mejor forma posible. Es él el espejo en el que hay que mirar a las dos principales protagonistas femeninas. Me vais a permitir, aunque oficialmente ella conste como secundaria (con todo merecimiento fue nominada al Goya de mejor secundaria), que comience hablando de la bellísima Marta Etura. Ella es Clara, la novia de David, con el cual acaba de irse a vivir juntos y cuya muerte supone un golpe difícil de superar que la deja destrozada. No obstante, prefiere asumir la pérdida y mantener en su corazón a David, lo cual la destroza más en primera instancia. Hasta ahora siempre decía que Marta Etura me parece una actriz con una belleza por encima de cualquier tipo de discusión (y con una sonrisa que desarma y enamora con una facilidad preocupante), pero interpretativamente tenía mis dudas ante la irregularidad mostrada en las tres películas suyas que había visto hasta el momento. Pues bien, mis dudas han quedado totalmente disipadas ante la excelente actuación de Etura que consigue hacerte empatizar con los complejos sentimientos de su personaje. Bravo. También muy estimable resulta el trabajo de Emma Vilarasau, actriz que se ganó mi beneplácito por su trabajo en “Los sin nombre”, pero a la que había perdido la pista desde entonces. En “Para que no me olvides” interpreta a la madre de David, una mujer fuerte y decidida cuya relación con su hijo no pasa por su mejor momento. Quizá por eso la negación de la misma existencia de David supone la única salida que ella considera viable para su dolor, pero negar el dolor no hace que desaparezca. Vilarasau completa una actuación difícil con buena nota, pero a mi juicio está por debajo de las prestaciones de Etura.

Es en su mensaje donde “Para que no me olvides” se convierte en una muestra de interesante cine español. En la vida los buenos y los malos momentos son tan numerosos como imprevisibles, pero cuando los dolorosos se presentan de forma tan imprevista la vida parece perder sentido. Es cierto que nunca nadie ha podido garantizarnos que en la vida no íbamos a sufrir, a padecer dolores tan intensos y difíciles de curar que, en ocasiones, hasta casi preferiríamos no estar vivos, pero hay que continuar adelante. Es lo único que nos queda. No hay que buscarse escudos imaginarios ni hundirse a niveles subterráneos, porque no nos sirve de nada. Bueno sí, para desahogarnos (pero tampoco es cuestión de excederse, todo tiene un límite) y para eliminar posibilidades de alegrías en esos momentos en los que nada nos importa. La película de Ferreira incide en los tres puntos de vista posibles (cierto que cada uno podría tener matices muy distintos, pero una película así no conviene saturarla con personajes cuando es lo que transmite lo que realmente importa), habla de la experiencia del dolor, de lo imprevisto de su aparición y de muchas cosas relacionadas con ello. Probablemente, del dolor es de donde más enseñanzas podemos conseguir. El dolor es un ingrato maestro, pero sin duda efectivo.

Releyendo lo escrito parece que considere una gran película a “Para que no me olvides”, pero no quiero que nadie caiga en ese error. El filme de Ferreira es honesto y consecuente con lo que propone, pero es algo irregular y los momentos brillantes son menores de los que uno desearía con tan estimulante material. No obstante, lo que sí puede decirse es que es una muy buena película que no engaña a nadie y que destaca por las excelentes interpretaciones de su trío principal de actores, lo cual no es poco.

Despropósito en casi todos sus niveles que se beneficia de su escasa duración (apenas supera los 90 minutitos). Mala dirección, peor guión, flojas actuaciones, efectos desaprovechados y la continua sensación de haber visto ya lo que sucede la película, porque con un 75% de El señor de los anillos, un 20% de Star Wars y ligeros picoteos de otras fuentes nos sale esta película. ¿Lo bueno? Que tiende a ir directamente al grano, pero aún así de donde no hay nada es difícil poder sacar algo. Bueno, sí, qué remona es la dragona de pequeña.

Mi crítica del paisliterario: aquí

P.D.: Y con esto me despido hasta después de navidades. ¡Feliz comilona a todos!

Estos días he podido ver varios rankings sobre lo mejor que ha deparado el cine en lo que va de año (yo me resisto a hacerlo hasta que al año no haya acabado realmente) y sigo sin comprender el enorme aprecio de muchos hacia esta película de Spielberg cuyos méritos me parecen harto sobredimensionados y sus defectos excesivamente olvidados. COmo ya en su día hablé sobre la película voy a limitarme a dejaros elegir entre el comentario extralargo o extrabreve (me temo que del primero pasaréis totalmente XD). Por mi parte, la considero una cinta de aprobado raspadito y gracias.

Versión extralarga: aquí

Versión extracorta: aquí

Ha llegado un punto en el que alto nivel de las teleseries norteamericanas (1) (también hay pufos y mediocridades, negarlo sería cometer el mismo fallo que despreciarlas sin más) está fuera de toda duda. No obstante, la gran duda razonable que un servidor tiene es si ha llegado a un punto en el que su interés ha sobrepasado al de las películas que nos llegan desde el país del tío Sam. A lo largo de sucesivos post (porque me temo que aglutinarlo todo en uno espantaría a muchos por el necesario tocho considerable que saldría resultante) pretendo demostrar mi idea de que las teleseries (no todas, claro está) ya mejoran narrativamente, a nivel de personajes y en otros campos a la producción cinematográfica. Cierto que tienen sus pegas que muchos pueden estar no dispuestos a aceptar, pero los tiempos en que las teleseries eran una tontería para entretenerse un momentito y poder no volver a verla nunca deben ser desterrados de forma definitiva.

Como breve adelanto sirva este post que encontré ayer en uno de los blogs que sigo con más interés: aquí (2)

Os pediría ya vuestra opinión sobre mi ¿alocada? idea, pero como mero elemento de entrada me conformo con saber el número aproximado de teleseries que habéis seguido (3) (sean actuales o no) durante este 2006. En mi caso andaré entre las 60 y 70 (y rabia me da que no sean más). Sin saber cuándo podré completar la primera fase de mi análisis ya os adelanto que será una comparativa entre el diseño de personajes del cine y la televisión norteamericana actual.

(1) Obvio expandir el criterio a nivel mundial por mero desconocimiento, aunque, al menos el caso inglés también merecería ser destacado. Ya el caso español, pues mira, hay mucho que mejorar, prácticamente todo a decir verdad.

(2) No es que quien lo diga lo tenga, ni de lejos, a nivel personal como un referente, pero creo que es alguien con suficiente importancia como para destacarlo.

(3) Con seguir no me vale haber visionado algún episodio suelto, sino haber visto en continuidad (palabra clave dentro de este campo) la teleserie en cuestión durante varios capítulos, preferiblemente al menos una temporada íntegra de la misma.

Creo que a todos nos pasa que cuando nos decidimos a revisionar una película es por una especie de capricho especial que nos hace querer reencontrarnos con algo que tanto nos gustó, que creemos no valoramos correctamente o sencillamente porque recordamos tan poco de la película que queremos rellenar los incontables huecos que hay en nuestro cerebro. No obstante, con aquellas películas que no hemos visto muchas veces nos sirve un comentario positivo de alguien de confianza, un (o varios) elemento que nos atraiga particularmente del filme o, en ocasiones, porque es lo único que tenemos a mano y queremos ver algo “nuevo”.

El problema que tengo yo, y espero no ser el único, es que a lo largo del tiempo he ido recopilando un número de películas mayor al tiempo que he dispuesto para visionarlas y muchas han caído en el olvido meramente por la voluntad personal de encontrar el momento idóneo para no verlas desganado. Hasta aquí creo que es normal, pero lo que sucede es que con algunas han pasado años (en ocasiones hasta 6, y no exagero) y siguen ahí marginadas sin un mísero visionado. ¿Los motivos? Pues resulta imposible encontrar uno unitario, pero echando esta tarde un vistazo a los VHS (sí, vhs y algunos comprados originales sin haber visto la cinta en cuestión) que he ido grabando en cintas vírgenes, hoy tan mal vistas por la evolución de los dvd grabadores, me he topado con una cantidad excesiva de títulos pendientes de ver a la espera de encontrar ese mágico momento en el que crea que puede haber una especial sintonía entre la película y un servidor. Y es que ya son muchas las decepciones por, entre otros motivos, haber visto una película en un momento cualquiera. Aquí os dejo 25 de esos títulos (andará por el doble la cifra total), sin orden concreto, en VHS (y sólo de las mías, porque entre las de mi hermana también hay mucha tela que cortar. Y ya si encima agregásemos dvds y divx… ¡la lista se iría a las varias centenas!) a ver que podéis decirme de ellos para terminar de decidirme a verlos o seguir arrinconándolas una temporadita más:

1) Un paso en falso
2) El malvado Zaroff
3) Rififi
4) Todos los hombres del presidente
5) ¡Qué bello es vivir!
6) Almas desnudas
7) El Cazador
8) Para todos los gustos
9) El Pisito
10) El quimérico inquilino
11) Sidney
12) Vive como quieras
13) El hombre de Alcatraz
14) Serpico
15) La vida privada de Sherlock Holmes
16) Vidas Cruzadas
17) Malas Tierras
18) ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg)
19) El graduado
20) La reina de África
21) Ese oscuro objeto de deseo
22) El extraño
23) El buscavidas
24) El sueño eterno
25) Los mejores años de nuestra vida

¿Os pasa también a vosotros? De ser así, ¿Cuáles son los grandes olvidos conscientes que tenéis? ¿Es por el mismo motivo o soy el único chalado que aísla tantas películas a la espera de un probablemente inexistente momento ideal?

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