septiembre 2006


Con vuestro permiso (y sin él también, que para algo es mi blog) recupero un texto (es obvio que ando algo vago para escribir, pero también para destacar los títulos) de hace ya más de tres años:

No soy para nada un lector de escritores, sino de obras. Con esto quiero decir que me puede gustar mucho un libro, pero lo normal es que no lea más del autor o tarde mucho en hacerlo. Mi tónica lectora casi siempre se ha guiado por esto, y es que hay pocos escritores de los que haya leído más de tres libros, es más, apenas recuerdo a tres que alcanzan ese nivel. Por un lado está J.K. Rowling, pero por estar enganchadísimo a las aventuras de Harry Potter, así que no creo que cuente. Luego está Alfonso Rojo, interesante escritor, pero que parece que alcanzó su mejor nivel con “El ojo ajeno”, pues en adelante sus libros han estado por debajo de aquel. Pero el rey (y nunca mejor dicho) es Stephen King, ya que me he leído entorno a 30 libros suyos y mis experiencias positivas superan abrumadoramente a ciertas decepciones (no se os ocurra leer el infecto “Carretera maldita”). Es cierto que nunca será un escritor de esos de gran renombre entre la crítica, en especial por recaer casi siempre en los mismos fallos, pero tiene una gran capacidad para crear planteamientos muy atrayentes y personajes de interés. Si con lo dicho no se entiende porque me gusta tanto leer sus libros, pues seré más rotundo: Sus novelas son entretenidísimas, fáciles de leer y de un género que me atrae sobremanera. Ya, existirán infinidad de escritores a los que desde un punto de vista objetivo jamás podrá compararse, pero a mí eso me da igual, porque hace ya tiempo que “conecté” con el estilo de King y me agrada bastante leer un libro suyo detrás de otro (creo que el número de libros suyos consecutivos que leí, sin leerme uno de otro escritor entre medias, ronda los diez). Tras esta matización, tal vez innecesaria (aunque no lo creo), va siendo hora de entrar a hablar de “It”, que para algo esto es una opinión sobre dicho libro.

Derry es una pequeña ciudad en la que todo fuera apacible si no habitase allí una criatura que despierta cada 27 años con un apetito insaciable. Nadie sabe cómo ni cuándo llegó allí, más que nada porque todos los que conocen su verdadera naturaleza (o al menos una esencia de la misma) han caído en sus fauces, porque “Eso” es muy eficaz en lo que a satisfacer su apetito se refiere. Todo hubiese sido una vida de comer y dormir para “Eso” si sus planes hubiesen seguido su cauce habitual, pero en 1958 las cosas se le complicaron. Ese año un grupo de niños unió sus fuerzas para acabar con ese ser, y estuvieron a punto de lograrlo, pero la criatura, pese a salir muy malherida, logró sobrevivir a la confrontación y empezó un nuevo período de hibernación. Por su parte aquellos niños fueron dejando Derry (menos uno que se quedó allí) y con ello cayeron en un inconsciente olvido de los hechos. 27 años después todo ha vuelto a empezar y aquellos niños han de volver a Derry para cumplir su promesa de acabar con “Eso” si éste ser no había muertos casi tres décadas atrás. A partir de aquí descubrid por vuestra cuenta lo que sucede leyendo (o releyendo) este soberbio libro.

Hay una cosa que a simple vista llama la atención en este libro: Su tamaño. “It” supera las 1200 páginas de extensión, y esto puede asustar a la mayoría; de hecho yo postergué varias veces su lectura por esto y no sabéis como me arrepiento en la actualidad. Que yo recuerde King sólo tiene un libro de mayor extensión: “Apocalipsis”, un libro, que de forma rápida y mal explicado, sobre la destrucción de la mayor parte de la población mundial y la confrontación entre los supervivientes, que están divididos entre el bien y el mal, para decidir el futuro (o fin) de la humanidad. Desconozco la auténtica calidad de “Apocalipsis”, pues sólo tuve el placer de leerme “La Danza de la muerte”, una versión primera del libro que King revisó un tiempo después añadiéndole un buen número de hojas más. De la versión que yo leí puedo decir que era un libro ameno pero no espectacular, que es lo que exijo yo a un libro para justificar tal cantidad de páginas, quizá en su versión agigantada King haya subsanado esto, pero no lo sé. Lo que sí sé es que las mil doscientas páginas de “It” son altamente adictivas, pues me sorprendí a mí mismo un par de noches quedándome más allá de las cuatro de la mañana leyendo. Además por el día me hizo dejar de lado mis tareas importantes (en especial la de acabar un trabajo que tengo que presentar en septiembre), y de haberme pasado esto sin tener nada que hacer me veo que en el intervalo entre dormir y volver a dormir lo único que me haría dejar de leer un rato sería el alimentarme. Con esto quiero decir que la lectura del libro es absorbente y que conviene leerlo con suficiente tiempo libre, porque “It” hará que necesites más para no quedarte con el gusanillo de saber qué pasará a continuación.

Me cuesta bastante hablar de los personajes del libro por temor a irme de la lengua, pero voy a intentarlo. En el lado del bien aparece “el club de los perdedores”, es decir, los (supuestos) héroes (curiosa designación entonces la de perdedores) del libro. Dicho club está compuesto por Ben, Bill, Beverly, Richie, Eddie, Mike y Stan. Cada uno de estos siete personajes cuenta con un rasgo que podía convertir su infancia en un infierno en aquella época: Exceso de peso, tartamudez, ser una chica de los barrios bajos, una lengua demasiado larga (y no por su extensión), una madre sobreprotectora y asma, ser negro y ser judío. Por separado es difícil ver en ellos algo que les haga especiales, pues es en su unión cuando consiguen una fuerza intangible que no sólo les ayuda contra los matones locales, sino que los convierte en los únicos con suficiente capacidad para derrotar a “It”. De adultos el haber dejado Derry convierte a los perdedores en vencedores de una forma intangible e inexplicable pero segura, pero aún siendo de una forma inconsciente lo vivido en Derry sigue afectando sus motivaciones. De entre todos resulta curioso que King vuelva a dar rasgos de escritor a uno de ellos, es más, de escritor de novelas de terror. Esto es una práctica habitual en sus obras (“La mitad oscura”, “Misery”…), pero en este caso al señalarle como líder de ese pequeño grupo para estar alimentando su propio, pero bueno, la verdad es que, de los siete, mi preferido de lejos era Ben (y sí, luego Bill, pero a mucha distancia) y me fastidiaba que la voz de la autoridad recayese sobre Bill, pero en fin, en los libros la subjetividad del escritor siempre se impone a la del lector, que para algo él es el creador de todo ese pequeño universo.

Pero son las hordas del mal las que siempre atraen mi interés en los libros (y en las películas, y, bueno, en todos los sitios). Por una parte están los matones del pueblo encabezados por Henry Bowers. King les da un papel quizá demasiado extenso, porque uno puede pensar que la crueldad de estos chicos es mucha, y que incluso Bowers es un loco desquiciado, pero no tienen el suficiente carisma para equipararse a la criatura protagonista de los hechos. El ser que protagoniza el nombre responde al nombre de Pennywise, o al menos cuando adopta la forma de un payaso muy alejado de la imagen habitual de estos (ahora mismo el único no amigable que recuerdo es el de una cama que Homer Simpson creo para su hijo Bart siendo éste muy joven). Este personaje es en realidad un monstruo que siente gran devoción por los niños, en especial cuando estos sienten un miedo irracional. Además tiene muy fácil sacar a relucir los peores miedos de todos, pues adopta la forma de lo que más temas para que no te defiendas y creas, aunque esté atacándote, que en realidad todo es un sueño y poco después despertarás, pero nadie se libra de acabar “flotando”. “Eso” ya desencadenó múltiples calamidades en Derry, su coto privado de caza en el que todo el que se inmiscuya acaba muerto o peor aún. No obstante la forma que “Eso” adopta en la tierra es física, y todo lo físico puede ser destruido, otra cosa es lo difícil que pueda resultar esto y las bajas que lograrlo puede conllevar. Lo que esta criatura nunca hubiese acertado es que fue matar a George lo que acabaría suponiéndole infinidad de problemas, ya que por ese hecho Bill (conviene señalar que George era su hermano menos) se erige en líder al reunir el odio y coraje suficientes para que la mera presencia de esa criatura no le subyugue. Con Pennywise King logra otra modélica criatura del mal a unir a los ya sublimes Leland Gaunt y Randall Flagg.

King llegó a declarar que todo cuanto sabía estaba en “It”. No sé si será para tanto, aunque sí que trata muchos temas habituales en él y que además los dota de una densidad ya no tan característica de sus obras. King usa un estilo de entremezclar la trama del presente con la del pasado, llegando a intercalar frases ya pasadas con la actualidad (bueno, la actualidad del libro), lo cual podría provocar confusión, pero para nada. King es muy listo y dota de gran interés a ambas tramas, y eso que ya sabemos cómo acabó la primera de ellas, pero la necesidad de saber cómo sucedió todo es la baza que usa King para desarrollar a lo grande las tramas. Algunos dirán que eso es tener mucha cara y que debería haber optado por un estilo más lineal y exponer los hechos al principio, pero entonces gran parte de la emoción y tensión desaparecerían ya de entrada. Cierto es que el tema del monstruo que sirve como referencia de los temores infantiles ha sido ya explotado hasta la saciedad, pero King le da una vuelta de tuerca un tanto metafísica (al menos en lo relacionado con la “tortuga”) apara acabar siendo algo más que una nueva batalla entre el bien y el mal. Y es que además incluso los ocasionales interludios fuera de la historia son de un interés notable, ya que en ellos se aprovecha para detallarnos las tragedias ocasionadas anteriormente por la criatura con todo lujo de detalles (la explicación del que se volvió loco y se lió a hachazos es excelente para todo “gourmet” del gore).

Antes de acabar me gustaría pararme en un par de cosas. Por una parte sobre la edición del libro he de decir que tengo la de la colección de Orbis Fabbri que se vendió en kioscos en su día. Estéticamente resulta mejor que la típica de cartón blando y rojo de Plaza y Janés, pues tiene unas carátulas mucho más resistente y con un bordeado dorado bastante lucho, pero fuera del terreno estético hay que ponerle unas pegas. Primero que el libro tiene demasiadas faltas de ortografía, bueno, luego igual son “sólo” 10 o 15, pero me resulta muy molesto encontrarme de cuando en cuando palabras a la que les falta una letra o sustantivos mal definidos (con una forma de femenino para algo singular detecté varios), pero el error que se lleva la palma es el de la página 506: Una frase aparece del revés y tienes que dar la vuelta al libro para leerla, y eso me fastidió bastante y me gustaría saber si sólo es en mi libro o también a alguien más le sucede. El otro tema que quería señalar es que al ser King un autor del que sus libros raramente se libran de una adaptación cinematográfica, pues “It” no iba a ser menos. En esta ocasión se llevó a cabo una miniserie televisiva bastante amena de unas tres horas de duración (más o menos la mitad del estropicio que hicieron con la miniserie de “Apocalipsis”, que tenía un reparto a priori llamativo, pero el resultado era cuando menos discreto) que contaba con la única pega de un reparto un tanto mediocre con la salvedad de Tim Curry en el papel de Pennywise, pues él hacía una interpretación genial, pero el resto del reparto mejor olvidarse de él.

A modo de resumen me veo en la obligación de recomendar encarecidamente este libro, pues es uno de los mejores libros de Stephen King (si es que no es el mejor, que aún tengo mis dudas) y, si los tenéis, superad el prejuicio ante el autor o ante su número de páginas, ya que el libro hace que merezca la pena el esfuerzo y que incluso se te haga hasta un poco corto.

El tabaco es uno de los ejes principales de dos de las últimas películas que he tenido la oportunidad de visionar. En Smoking Room a un pobre diablo se le ocurre que la empresa en la que trabaja debería habilitar una habitación de dos metros cuadrados para que los fumadores no tengan que salir a la calle y helarse de frío en invierno. Una línea argumental muy diferente sigue Gracias por Fumar, en la cual la voz de la Academia de Estudios del Tabaco, creada por las propias tabacaleras para hacer frente a las acusaciones que su producto recibe por dañar la salud. Dos ideas harto distintas, pero con un objetivo claro: Criticar algo.

La ópera prima de Jason Reitman nos muestra las contradicciones y doble rasero de los defensores y enemigos del tabaco. Para ello es cierto que en parte sólo recurre a decir abiertamente verdades al acceso de cualquier hijo de vecino que indague un poco, pero es la hipocresía lo que la cinta de Reitman quiere contar y no es difícil deducir el impacto que ciertas verdades explícitas puede causar en la mayoría. Lo que cuenta no debería ser tan escandaloso ni sus ataques dar la sensación de estar saturados de veneno, pero vaya, se agradece el intento de universalizar esas verdades sin que ello suponga el hinchamiento del ego de algún documentalista (sí, aunque ni mucho menos me caiga mal, estoy pensando en Michael Moore).

La crítica de Smoking Room va más del lado del desinterés humano por el compañero de trabajo. El compartir espacio vital durante tanto tiempo apenas significa nada si uno no se molesta en conocer a la otra persona, aunque esto es insuficiente si a la otra persona le importan tres pimientos tus tentativas. Todo ello a través del personaje de Eduard Fernández (estupendo, como siempre), que se preocupa por sus compañeros y se esfuerza en defender los derechos del trabajador. A este respecto la conversación que mantiene con alguien que espera ser ascendido en breve es terroríficamente esclarecedora: Mientras uno se preocupa, el otro, pese a estar de acuerdo con él, pasa absolutamente de todo por no buscarse problemas. La apatía y el egoísmo traslucen como nunca en uno de los mejores momentos del filme.

Gracias por Fumar fundamenta su interés en un personaje dominante, a partir del cual se van desgranando los intríngulis argumentales. El carisma que Eckhart imprime a su personaje consigue que la cinta no se hunda demasiado en aquellos momentos en los que el interés del mensaje se resiente por el desdibujamiento que padecen ciertos personajes. Me refiero al líder político (correcto William H. Macy) y la ex-esposa del protagonista (pasable Kim Dickens), ya que el primero da en todo momento la sensación de ligera caricaturización y no logra transmitir su presunta posición de poderío y ella empieza odiando a su ex para ir suavizando dicha postura cuando ciertos comportamientos del protagonista invitaban a lo contrario. Luego quedan ciertos personajes algo desaprovechados (peaje inevitable en una película de estas características), pero lo molesto es lo anterior.

Por su parte, Smoking Room apuesta por un reparto coral sin un personaje que destaque claramente sobre los demás (al menos en términos de minutaje en pantalla) y en este caso su fallo es la inevitabilidad de que algunos personajes interesen menos que otros, aunque sin llegar a ser molesto en ningún momento. La pega es que actorazos como Eduard Fernández o Antonio Dechent no sobran dentro del cine español y en la comparación, aunque el resto no sale muy malparado, quedan algo por debajo. Que conste que la mayoría de ellos tiene sus grandes momentos (el enfado en el cuarto de baño, cuando uno le deja claro al reivindicador la realidad de las cosas o la reunión de los que han firmado), pero convenía matizar mis impresiones.

En la dirección las diferencias también son palpables, ya que la sobriedad, frescura y desenfado que Reitman imprime a Gracias por Fumar se diferencia sobremanera de lo que Gual y Wallovits pretenden con Smoking Room. La preferencia por los planos cortos (sin molestar en ningún momento, algo que por ejemplo sí sucedía en el arranque de la notable Hard Candy) podría llevar a la conclusión de querer dotar a la cinta de un aire opresivo, pero aparte de discutible resulta insuficiente. También la idea de emparentar la producción con cierto estilo de corte documental que recuerda lejanamente a la teleserie The Office (aunque el tono de humor de la muy recomendable obra de Ricky Gervais choca con la intensidad dramática de Smoking Room, amén de que el filme español obvia las declaraciones de forma directa a cámara) resulta insuficiente. La idea de una especie de batiburrillo (obviad todo posible matiz negativo de la palabra) para que las acciones de los personajes hagan que los escenarios pasen desapercibidos en muchos momentos y en las que el verismo de los acontecimientos resulta totalmente indiscutible (podría pasar perfectamente por realidad ficcionada).

Lo que nos queda finalmente son dos películas muy recomendables con el tabaco como único nexo de unión (aunque dicha conexión fue lo que hizo decidirme a ver Smoking Room tan de seguido) temático, pero con la crítica como objetivo común. Unos se centran en colectivos concretos, los otros a algo fácilmente extrapolable al conjunto de la sociedad. Sí me tengo que quedar con una (fijo que hay quien husmea mis votaciones en filmaffinity y observa una inesperada coincidencia en la nota, pero es que dicha web no permite la votación con decimales) no me cabe duda de que Smoking Room es mucho más interesante.

En definitiva, que ni yo mismo sé muy bien lo que quería decir más allá del hecho que Gracias por Fumar y Smoking Room son dos películas que merece la pena ver.

En la carrera de prácticamente cualquier director hay decisiones que al menos un servidor no atisba a comprender. Sería el caso de John Carpenter y la horrenda Fantamas de Marte (que me pongan las excusas que quieran los fans del responsable de la magistral La Cosa, pero hasta esa bobada de Memorias de un hombre invisible tenía más interés)o Tim Burton y la absurda El Planeta de los Simios. La cuestión es que hay otros que no consiguen reconducir su carrera y acaban pareciéndome unos jodidos impresentables como Gus Van Sant. Su remake de Psicosis me parece uno de los mayores insultos al mundo del cine y no me sirve eso de hacer el experimento de hacer una clonación, porque la peli no aporta nada y Van Sant y su familia no iban a ser asesinados si no la dirigía. Descubriendo a Forrester o cómo hacer un semiplagio de El Indomable Will Hunting no ayudó para nada a redimirle, pero ha sido lo que le ha hecho ganar el prestigio crítico lo que me ha llevado a odiarle más que una docena de patadas seguidas en mis partes nobles.

Los avisos previos a Elephant no me bastaron para convencerme de no verla en cine y, la verdad, durante unos días aún creí que podía encerrar cierto significado oculto. Fui un completo imbécil por pensarlo, porque según pensaba en ella más me daba cuenta de la completa tomadura del pelo de Van Sant. La cosa está en que una asignatura de la carrera me hicieron verla no menos de cinco veces y la única curiosidad que despertó en mi persona era saber cómo narices sería Gerry, su anterior película, donde supuestamente extremaba hasta el infinito y más allá las propuestas de Elephant. No obstante, uno es tonto pero no un gilipollas integral, porque han tenido que pasar más de dos años antes de querer encontrar otra excusa para defenestrar a Van Sant, ya que, siendo sincero, Gerry tenía las mismas opciones de gustarme que ser castrado mientras me dan de patadas en el estómago y me cortan la lengua con unas tijeras oxidadas.

Resumir la historia de Gerry es una pérdida de tiempo total, ya que prácticamente carece de ella. Dos tontosdelcul…. digo, personas que atienden al nombre de Gerry viajan en un coche que de buenas a primeras se detiene en mitad de la carretera, por lo cual deciden adentrarse en el desierto, pero son tan lelos que se pierden y su objetivo a partir de entonces será reencontrar la carretera. ¿Cómo se puede ser tan retrasado de adentrarse en el desierto sin además tener el más mínimo objetivo?. Pero claro, Van Sant va de guay con un estilo marcadamente anticomercial y eso parece suficiente para tener que alabarle.

¿Cuáles son los rasgos que definen a esta basura infecta? Planos largos, casi eternos, en lo que los personajes parecen avanzar por mera inercia sin dirigirse la palabra el uno al otro. Que conste que un servidor es defensor de no hablar demasiado si sólo vas a decir tonterías, pero vamos, si me pierdo en mitad de un paraje desértico creo que en idear un buen plan para encontrar gente sí malgastaría algunas palabras útiles. Y es que diálogos sí que hay, pero son tan jodidamente anodinos que convierten una carrera de fórmula 1 sin adelantamientos ni accidentes de ningún tipo en la cima insuperable del entretenimiento.

Ojo, Van Sant también se preocupa en intentar añadir cierta belleza visual a la película con más planos de desmesurada duración en los que apenas vemos el paisaje o grandes planos generales con los 2 personajes como bultos que se mueven. No obstante, hay dos detalles esenciales dentro de la película que son los que me resultan más cabreantes. Los planos de las nubes a los que aún se les podía buscar alguna excusa en Elephant aquí parecen obedecer a meras decisiones basadas en el “porque queda bonito” que cualquier otra cosa. Además, el uso de la banda sonora con la aparente intención de dotar de cierto lirismo a la cinta (algo que era lo único de cierto interés en Elephant, ya que no por nada me basé en ello, aunque ahí los fines eran más variados, como propuesta de trabajo). Cierto que al menos así uno no cede al sueño de forma inexorable, pero no aporta nada más que otro toque de molesta pretenciosidad a la propuesta.

Sobre las actuaciones de Matt Damon y Casey Affleck no hay nada que decir. Están por ahí, caminan, caminan…. siguen caminando, caminan un poquito más y no se olvidan de que caminar es muy importante. Por el medio hay tiempo para el bochornoso espectáculo de casi diez minutos de duración en el que uno de ellos está en el alto de una roca y no se decide a saltar por miedo a lesionarse. Si has sido tan tonto de perderte en medio de ninguna parte no me vengas con ese pedazo de chorrada.

¿A dónde van?, ¿Por qué narices se meten en medio del desierto? ¿Pretende van Sant que nos interese lo más mínimo lo que nos muestra (ya que contarnos algo como que no)? ¿Es Van Sant un farsante que le ha metido un golazo a mucha gente? ¿Qué leches de interés esperan los defensores de Gerry que encontremos en unos palurdos que andan y andan y andan y no dicen y hacen más que memeces? Lo diferente a lo habitual no sólo no tiene que ser mejor, sino que puede ser un insulto a la inteligencia y eso es lo que podréis encontrar con Gerry. Bueno, y un presunto mensaje más profundo que yo directamente creo inexistente.

Vaya pedazo de basura más grande.

Existe una tendencia bastante extendida en algunos ámbitos de encontrar innumerables virtudes en aquellas cintas que se desvían del cine de corte más convencional (y muchas tópico, para que negarlo). La verdad es que yo no termino de comulgar con esa creencia, pero sí que me interesa encontrar películas con ciertos toques de excentricidad y originalidad que me saquen del aburrimiento. El problema surge porque ni muchos menos todas esas propuestas pueden alcanzar resultados plenamente satisfactorios, pero lo curioso es que las últimas tres películas que he visto cuadran perfectamente en este campo.

Extrañas Coincidencias supuso el regreso a la dirección de David O. Russell tras la notable Tres Reyes y para la ocasión quiso desmarcarse de lo que uno esperaría en un primer momento. Una extraña historia de un joven que contrata a unos detectives que resuelven problemas existenciales, pero que causaran muchos más problemas antes de poder proporcionar o no un remedio al problema. Lo malo es que el asunto se le escapa de las manos con una historia que oscila entre las ocurrencias simpáticas (el personaje de Mark Walhberg, el contra todo pronóstico mejor de la función, y su obsesión con el petróleo) y los momentos erráticos e incomprensibles (la previa a cierto encuentro sexual). Con una duración más modesta las irregularidades hubieran sido más perdonables, pero esos 15-20 minutos de más que tiene acercan peligrosamente el conjunto al suspenso. De todas formas, hay alguna buena actuación más por ahí (aunque también hay mucho desaprovechamiento de otros intérpretes) y consigue sortear el aburrimiento. Curiosa, pero jodidamente fallida.

Hace tiempo que tengo a Charlie Kaufman por un genio indiscutible, pero eso no me impide decir que su guión para Confesiones de una mente peligrosa era el gran lastre de la ópera prima de George Clooney. Dicho manchón en su historial (maravillas como Adaptation o Eternal Sunshine of the Spotless Mind lo compensan con creces) y los constantes comentarios sobre lo fallido del conjunto de Human Nature me decidieron a no verla en cine (algo que sí hice con el resto de las cintas con guiones suyos). Y la verdad es que tenía razón el resto del mundo. La historia de la mujer con problemas de crecimiento capilar en todo el cuerpo, el hombre que se había criado como un simio, el científico presuntamente idealista y la ayudante seductora está plagada de pequeñas ideas fascinantes como mostrar a unos ratones comiendo con tenedor o la obsesión del personaje que interpreta Rhys Ifans con el sexo. Lo discutible es todo lo relacionado con el personaje de Tim Robbins y sus reflexiones post-mortem, lo difícil de entender del radical cambio de personalidad de uno de los personajes (aunque eso se remedie más tarde) y la sensación de cierta previsibilidad en muchas de las acciones, siendo esto lo más imperdonable. El conjunto es peculiar y entretiene, pero hace aguas por varios sitios.

Más discutible puede ser meter a Woody Allen dentro de este saco de cine más peculiar, pero teniendo en cuenta que La Última Noche de Boris Grushenko forma parte del comienzo de su obra espero que cuele. La idea de Allen como soldado poco dado a combatir es jugosa a priori, pero lo disparatado del segundo tramo (a mi juicio poco explotado, ya de tirar por algo tan alocado hay que extremarlo) de la película y ciertas reflexiones fuera de lugar en voz alta emborronan el conjunto. El Allen actor sigue su línea y es el estupendo personaje de Diane Keaton junto a ciertos gags impiden que uno se aburra viéndola, pero es su reducido metraje (no es casualidad el orden de análisis, ya que la duración se va reduciendo de forma paulatina según el caso y el interés global aumenta) lo que la salva de la quema de entrar en la lista de cintas poco interesantes de Allen como la flojísima Celebrity o la endeble Todo lo demás.

En definitiva, tres películas para nada despreciables, pero sí lejanas de las cotas de calidad que podían haber alcanzado de haberse pulido más el conjunto, pero bueno, se aceptan como caldo de cultivo para proyectos superiores y se disfrutan de los ocasionales retales de genialidad. ¿Acaso nos queda otro remedio?

En los prolegómenos de verano del año pasado un par de cintas españolas gozaron de cierto renombre. Tapas se llevó el aplauso del público y de buena parte de la crítica, mientras que El cielo gira fue recibido como un documental de muchos kilates. No me cuesta nada reconocer que obvié el visionado de ambas obras, la primera por acabar resultándome molesta la campaña publicitaria orquestada desde el programa de Buenafuente (no mucho después dejé de verlo) y la segunda porque mil personas me pueden decir que algo es bueno, que si lo que cuenta me interesa cero así seguirá la cosa. La cosa está en que otra cinta española, la cual sí desató mi interés, se estrenaba también por esas fechas quedando relegada a un injusto segundo plano. Su título: Hormigas en la boca.

La historia que nos propone Hormigas en la boca suena algo manoseada con el hombre que ha pasado varios años en la cárcel con la sensación de haber sido traicionado por el amor de su vida, cuya localización se convierte en su principal objetivo tras lograr la libertad. El toque de distinción viene a partir de los detalles y del enclave histórico de la acción. Poco tiempo antes de que Fidel Castro se alzara con el poder en Cuba, no fueron pocos los españoles que buscaron refugio en la isla, pero la aparente fortaleza de algunos altos cargos cubanos no era tal. Una época de forzosa decadencia, tanto de los viajeros como de la gente de la isla, pero sutilmente disimulada por un clima de tranquilidad de cara a la galería.

Cierto que una historia así puede no resultar suficientemente interesante para muchos, de hecho el no encontrar un aliciente extra en su momento me hizo dejarla pasar de largo de la cartelera, pero poco tiempo después cierto actor se ganó una confianza que ya intuía en los escasos trabajos previos suyos que había poder ver. Él es Eduard Fernández, intérprete al que tengo por el mejor español en su especialidad por encima de los tan de moda Javier Bardem y Luis Tosar, ni muchísimo menos malos, pero sí con más fama de la merecida. En Hormigas en la boca, Fernández realiza una muy convincente interpretación como Martín, un hombre traicionado obsesionado con recuperar lo que confió a Julia diez años atrás. Las penurias económicas y/o físicas no le hacen cejar en su empeño. Seguridad en sus ideas es lo que transmite el personaje y calidad la actuación de Fernández, justamente recompensada con el galardón a mejor actor en el Festival de Málaga.

En el resto del reparto sobresalen dos nombres que para nada me ofrecían tanta seguridad. Nunca me ha gustado demasiado el modo de actuar de Jorge Perugorría, pero la cosa cambia en la cinta que nos ocupa. Las contradicciones que presenta la forma de presentar el personaje (poderoso, intratable, dominante) y la facilidad con la que Martín llega a acceder a él son un reflejo (o eso quiero pensar) de la situación de la propia isla y su forma de querer resolver el conflicto con el protagonista con un inesperado aire conciliador encierra una acepción de su (al menos algo) débil posición. La que chirría algo más es Ariadna Gil como Julia, pero parte de la culpa es de la forma de mostrarnos el personaje. Uno anda ya tan habituado a encontrarse con femmes fatales de tan diversa índole que la labor de Gil como tal resulta decepcionante como tal, aunque no dentro de la línea real del personaje. Cierto aire entre asustada y resignada define su personaje y como tal convence pese a dejar con la sensación de estar algo forzada como tal. Mejorable, pero sin para nada ser un cáncer para la cinta.

El trabajo de Mariano Barroso (por cierto, aún tengo pendiente Los Lobos de Washington, su primera colaboración con Eduard Fernández. ¿Me pierdo algo interesante o procedo a seguir obviándola?) en la dirección es difícilmente discutible. Con suavidad, elegancia cierta sutileza y calma consigue que los acontecimientos fluyan con naturalidad (su ritmo podría resultar pesado con una facilidad asombrosa, pero no es el caso) y dotar a Hormigas en la boca de un tono a caballo entre la comentada decadencia y la aparente placidez de la isla con el apoyo de una acertada banda sonora y una cuidada ambientación. El problema es que el guión que Barroso coescribe junto a Alejandro Fernández parece resistirse a apuntar a objetivos más altos y deja demasiado de lado el clima social de La Habana (apenas hay apuntes directos acerca de la próxima revolución) e incurre en lo que impide a Hormigas en la boca convertirse en una película obligatoria: Algunas acciones de los personajes distan mucho de transmitir la sensación de realismo, ya que la película parece decantarse por un estilo cinematográfico (entendiendo esto como algo “falso”) en algunos comportamientos. Es verdad que eso puede ayudar a transmitir más vigor o tensión dramática a momentos puntuales, pero en general lo que crea es una sensación de artificiosidad que puede molestar más o menos según el caso. En el que nos ocupa, son varios momentos que no hunden la película, pero sí crean cierta desconexión en la implicación del espectador en la historia.

Lo que nos queda al final con Hormigas en la boca es una película española muy estimable durante sus escasos 90 minutos de metraje, pero cuyos errores de raíz impiden que se eleve aún más por encima del discutible interés medio de la producción cinematográfica de nuestro país. Si os parece suficiente o no para verla ya es otro asunto.

Bueno, una presentación, por muy escueta que sea, nunca está de más. Mikel se llama un servidor, acabo de terminar la carrera de Comunicación Audiovisual y me ha dado por desterrar de forma definitiva (o casi) el ya bastante abandonado blog que tenía en mi espacio personal de msn. Este blog nace para desahogarme un poco de las películas que vaya viendo, lo cual será su función principal (por algo el cine es una de mis mayores pasiones), pero no serán pocas las veces en la que prefiera aburriros hablando de series de televisión (últimamente hay demasiadas de mayor interés que la inmensa mayoría de películas que se estrenan), comida (aunque ahora con esto de la dieta no sé si estaré muy por la labor), baloncesto, libros, cómics o meras rayadas mentales que pasen por mi cabeza.

Sed Bienvenidos.