En los prolegómenos de verano del año pasado un par de cintas españolas gozaron de cierto renombre. Tapas se llevó el aplauso del público y de buena parte de la crítica, mientras que El cielo gira fue recibido como un documental de muchos kilates. No me cuesta nada reconocer que obvié el visionado de ambas obras, la primera por acabar resultándome molesta la campaña publicitaria orquestada desde el programa de Buenafuente (no mucho después dejé de verlo) y la segunda porque mil personas me pueden decir que algo es bueno, que si lo que cuenta me interesa cero así seguirá la cosa. La cosa está en que otra cinta española, la cual sí desató mi interés, se estrenaba también por esas fechas quedando relegada a un injusto segundo plano. Su título: Hormigas en la boca.

La historia que nos propone Hormigas en la boca suena algo manoseada con el hombre que ha pasado varios años en la cárcel con la sensación de haber sido traicionado por el amor de su vida, cuya localización se convierte en su principal objetivo tras lograr la libertad. El toque de distinción viene a partir de los detalles y del enclave histórico de la acción. Poco tiempo antes de que Fidel Castro se alzara con el poder en Cuba, no fueron pocos los españoles que buscaron refugio en la isla, pero la aparente fortaleza de algunos altos cargos cubanos no era tal. Una época de forzosa decadencia, tanto de los viajeros como de la gente de la isla, pero sutilmente disimulada por un clima de tranquilidad de cara a la galería.

Cierto que una historia así puede no resultar suficientemente interesante para muchos, de hecho el no encontrar un aliciente extra en su momento me hizo dejarla pasar de largo de la cartelera, pero poco tiempo después cierto actor se ganó una confianza que ya intuía en los escasos trabajos previos suyos que había poder ver. Él es Eduard Fernández, intérprete al que tengo por el mejor español en su especialidad por encima de los tan de moda Javier Bardem y Luis Tosar, ni muchísimo menos malos, pero sí con más fama de la merecida. En Hormigas en la boca, Fernández realiza una muy convincente interpretación como Martín, un hombre traicionado obsesionado con recuperar lo que confió a Julia diez años atrás. Las penurias económicas y/o físicas no le hacen cejar en su empeño. Seguridad en sus ideas es lo que transmite el personaje y calidad la actuación de Fernández, justamente recompensada con el galardón a mejor actor en el Festival de Málaga.

En el resto del reparto sobresalen dos nombres que para nada me ofrecían tanta seguridad. Nunca me ha gustado demasiado el modo de actuar de Jorge Perugorría, pero la cosa cambia en la cinta que nos ocupa. Las contradicciones que presenta la forma de presentar el personaje (poderoso, intratable, dominante) y la facilidad con la que Martín llega a acceder a él son un reflejo (o eso quiero pensar) de la situación de la propia isla y su forma de querer resolver el conflicto con el protagonista con un inesperado aire conciliador encierra una acepción de su (al menos algo) débil posición. La que chirría algo más es Ariadna Gil como Julia, pero parte de la culpa es de la forma de mostrarnos el personaje. Uno anda ya tan habituado a encontrarse con femmes fatales de tan diversa índole que la labor de Gil como tal resulta decepcionante como tal, aunque no dentro de la línea real del personaje. Cierto aire entre asustada y resignada define su personaje y como tal convence pese a dejar con la sensación de estar algo forzada como tal. Mejorable, pero sin para nada ser un cáncer para la cinta.

El trabajo de Mariano Barroso (por cierto, aún tengo pendiente Los Lobos de Washington, su primera colaboración con Eduard Fernández. ¿Me pierdo algo interesante o procedo a seguir obviándola?) en la dirección es difícilmente discutible. Con suavidad, elegancia cierta sutileza y calma consigue que los acontecimientos fluyan con naturalidad (su ritmo podría resultar pesado con una facilidad asombrosa, pero no es el caso) y dotar a Hormigas en la boca de un tono a caballo entre la comentada decadencia y la aparente placidez de la isla con el apoyo de una acertada banda sonora y una cuidada ambientación. El problema es que el guión que Barroso coescribe junto a Alejandro Fernández parece resistirse a apuntar a objetivos más altos y deja demasiado de lado el clima social de La Habana (apenas hay apuntes directos acerca de la próxima revolución) e incurre en lo que impide a Hormigas en la boca convertirse en una película obligatoria: Algunas acciones de los personajes distan mucho de transmitir la sensación de realismo, ya que la película parece decantarse por un estilo cinematográfico (entendiendo esto como algo “falso”) en algunos comportamientos. Es verdad que eso puede ayudar a transmitir más vigor o tensión dramática a momentos puntuales, pero en general lo que crea es una sensación de artificiosidad que puede molestar más o menos según el caso. En el que nos ocupa, son varios momentos que no hunden la película, pero sí crean cierta desconexión en la implicación del espectador en la historia.

Lo que nos queda al final con Hormigas en la boca es una película española muy estimable durante sus escasos 90 minutos de metraje, pero cuyos errores de raíz impiden que se eleve aún más por encima del discutible interés medio de la producción cinematográfica de nuestro país. Si os parece suficiente o no para verla ya es otro asunto.

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