El equilibrio es un rasgo fundamental para la brillantez de una película. Hay cintas que directamente apuestan por el descontrol y el exceso (aunque muchas veces no sea tanto) como la reciente “Snakes on a plane”. Las hay que optan por una mixtura de géneros y no saben conjugarlos bien, caso de la comedia y el suspense de “Scoop” (último trabajo de Woody Allen aún por estrenarse en nuestro país). También puede darse que el proyecto esté mal perfilado y los saltos bruscos caractericen el devenir de los acontecimientos como en “Alatriste”. Los casos de películas con momentos muy inspirados pero con un parte sustancial de metraje de mero relleno como “Clerks 2” también son numerosos. Pero, ¿Qué es lo que hace tan difícil que un largometraje consiga equilibrar todos sus atributos? A priori, lo más fácil sería decir que la ambición de sus principales responsables no casa con sus habilidades para llevarlo a buen puerto, pero esta obviedad contiene tal cantidad de matices (límites presupuestarios, actores deseados para el proyecto no disponibles, necesidad imperativa de ser rentable económicamente, obligación de acabar la película a tiempo para su fecha de estreno preestablecida, grado de libertad creativa del realizador, etc.) que resulta insuficiente.

El problema del equilibrio parece uno de los rasgos cosustanciales del cine español actual. Las comedias apenas funcionan a ráfagas (eso o directamente no tienen la más mínima gracia) con el mal añadido de que si el humor a lo Torrente ya está desgastado, sus derivaciones tontorronas nacieron heridas de muerte. Dentro del drama a veces aparecen obras interesantes como la reciente “La Noche de los Girasoles”, pero los esquemas reiterativos en la problemática social o las obviedades de siempre entorno a la guerra civil española resultan agotadoras. De otros géneros apenas se pueden comentar cosas, porque el endeble entramado industrial nacional apenas permite incursiones en géneros tan estimulantes como el terror o la ciencia ficción. No obstante, lo realmente preocupante es que haya tenido que ser un realizador mejicano el que haya rodado una película sobre una de las etapas más traumáticas de nuestra historia sin ninguna fisura importante y con un equilibrio perfecto entre la dura realidad y la carga fantástica del relato. Creo que ya he adelantado demasiado sobre las cualidades de “El Laberinto del Fauno”, pero el ser un largometraje tan rico, trabajado y conseguido obliga a puntualizarlo antes de dejarse llevar por la brillantez de sus múltiples facetas.

La Guerra Civil ha terminado poco tiempo atrás, lo cual aún permite que unos pocos hombres muestren su oposición al régimen franquista ocultos bajo la protección de las montañas. En una zona habitada por varios maquis reside el capitán Vidal, un hombre frío y autoritario que espera la llegada de su esposa Carmen, la cual está embarazada de lo que Vidal espera sea un niño, y de su hijastra Ofelia. Los expeditivos métodos de Vidal no consiguen hacerle atrapar a los maquis, ya que todo indica que alguien cercano a él lo está traicionando, por lo que poco a poco avanza en sus indagaciones al respecto. Paralelamente, la madre de Ofelia se ve obligada a guardar cama por las dificultades que atraviesa su embarazo, lo cual deja a la niña con la única compañía de Mercedes, la jefa del servicio de la casa de Vidal. No obstante, una inesperada aparición trastoca la existencia de Ofelia, puesto que un fauno hace acto de presencia indicándola que es una joven princesa que ha de cumplir tres pruebas que le permitan regresar a su mágico mundo. El problema es que tanto el mundo real como el fantástico encierran más peligros de los aparentes y puede que no todo tenga un final feliz.

DEL TORO DEMUESTRA TODO SU POTENCIAL

Hasta la fecha he seguido la carrera de Guillermo Del Toro con un interés similar a la relativa frustración que me producían sus películas. No son muchas las veces que un realizador me deja con la sensación de estar por encima de las virtudes reales de sus filmes. Quizá me suceda con cintas puntuales de otros casos, pero los cinco largometrajes anteriores de Del Toro me produjeron esa sensación. Su curioso debut bajo el título de “Cronos” tenía una premisa argumental interesante, pero su interés se diluía según el metraje avanzaba dejando la sensación de alargamiento innecesario. Su salto a Hollywood de la mano de “Mimic” resultó más conseguido al lograr una atmósfera bastante convincente y no resultar un trabajo típico (al dar el salto al cine de USA muchos recurren a lo fácil o directamente optan por hacer un remake de su obra más famosa hasta entonces), pero un reparto discutible y un guión no lo suficientemente sólido lastraban de forma considerable el conjunto.

No supe muy bien cómo tomarme su aparente mero coqueteo con el cine español con “El Espinazo del Diablo”, afortunado acercamiento a la guerra civil española cuyo excesivo metraje se volvía en su contra, aunque el conjunto puede catalogarse de notable. Aún más incomprensible parecía su decisión de rodar “Blade 2”, aceptable (y posiblemente con eso ya sea la mejor de una saga de escaso interés) acercamiento al mito vampírico con ciertos rasgos más propios del cine de zombis, pero demasiado dependiente del lucimiento de Wesley Snipes en el papel principal, lo cual no le permitió ir mucho más allá de lo habitual. Con “Hellboy” consiguió su trabajo hollywoodiense más satisfactorio gracias al notable carisma que imprimía Ron Perlman al protagonista y a la habilidad del propio Del Toro de crear un entretenimiento muy superior a la media pese a ciertos errores de casting (el personaje de Rasputín pedía a gritos un actor más competente) y a un tercer acto más bien fallido.

Del Toro no conseguía que su talento (o al menos lo que éste transmitía) se tradujese en una película redonda (que no perfecta, porque esas no existen), pero con “El Laberinto del Fauno” nos da la razón a aquellos que veíamos que podía dar bastante más de sí. El realizador mejicano no se limita a ofrecernos una película fantástica como ha sido vendida la película de forma errónea ni tampoco la típica historia de posguerra civil que por muy bien contada que esté (que lo está) dejaría un molesto tufillo a historia mil veces contada. Lo que intenta es encauzar el mundo de lo real e imaginario de una forma que puede parecer no guardar mayor relación, pero a través de los personajes de Mercedes y Ofelia se puede trazar un paralelismo innegable tomando como referencia las pruebas por las que ha de pasar la segunda. Este punto de unión (algo débil de entrada, ya que la película parece crear a base de sobreentendidos una profunda relación de afecto entre ambas sin una interacción entre ellas que lo justifique. Éste es el único flanco en el que “El Laberinto del Fauno” cojea) sirve como eje para que la película no se desvíe en exceso por ninguno de los mundos.

La realidad que dibuja Del Toro no se anda con zarandajas ni la suaviza con chistes fuera de lugar. La gran guerra ha finalizado, pero poco importa eso en el micromundo que nos muestra la película. Se nos perfila un monstruo en la figura de Vidal que bien podría ser el villano antológico de cualquier universo mágico. Sus hombres no son más que meros secuaces que no aportan nada de relieve al conjunto más allá de fortalecer a su jefe, amén de servir como contrapunto a los maquis, cuya presencia en el relato tiene más rasgos de fantasmal que de mera amenaza durante la mayor parte del metraje. El carácter amenazante de Vidal es el eje de este pequeño universo, a partir del cual gira el resto de personajes. En esta parte del filme, Del Toro hace gala de una puesta en escena sobria, sin aspavientos y sin recurrir a estilizar las secuencias para lograr resaltar por encima de los que se nos cuenta. Bravo por él.

El mundo fantástico del fauno es otro cantar, ya que el autoritarismo que domina la realidad deja paso a un mundo muy visual, por sin caer en el error de querer epatar al espectador por esa vía. Y no es porque los hechos no validen esta opción, sino porque Del Toro quiere mostrar las innegables debilidades por las que pasa este mundo que ayuda a emparentar el filme con “Alicia en el país de las maravillas”, para lo cual nos muestra al fauno y lo que le rodea con cierto halo de decadencia, aún capaz de fascinar al más escéptico, pero dando señales de su próxima extinción si nadie hace nada por remediarlo. Del Toro se muestra aquí más relajado y con una tendencia infrecuente en este tipo de relatos hacia lo terrorífico, como el encuentro con la extraña criatura que se pone los ojos en las manos o lo que el fauno le pide hacer a Ofelia en determinado momento. Lo bonito parece interesar mucho menos a Del Toro que la posibilidad de pervertir la estructura tradicional de los cuentos de hadas, aunque sea capaz de crear una situación fácilmente emparentable con el Miyazaki de “El Viaje de Chihiro”.

La fusión de dos mundos en aparente contradicción era el mayor reto al que se enfrentaba Del Toro, ya que por encima de conseguir que ambos funcionen aisladamente (que lo hacen, y con una brillantez inhabitual en el cine reciente) existía el imperativo de no transmitir la sensación de desear una mayor presencia en el relato de realidad o fantasía y habrá quien discuta el equilibrio conseguido por Del Toro, en especial aquellos que buscaban una cinta abiertamente fantástica, pero el realizador mejicano consigue extraer todas las virtudes posibles de ambos campos sin que ello produzca desdibujamiento alguno más allá de los buscados (varios personajes no van más allá del mero complemento, aunque esto sucede a sabiendas de ello). Lo que al final nos queda es una puesta en escena estupenda (con un muy destacable empleo de la excelente y muy apropiada banda sonora compuesta por Javier Navarrete, amén de la esmerada labor en la fotografía de Guillermo Navarro) que sabe maravillar visualmente cuando es necesario sin que eso ahogue el avance narrativo de ambos mundos. Irreprochable labor de Del Toro.

LAS EXCELENCIAS DE UN GRAN REPARTO

Ya he señalado la importancia en “El Laberinto del Fauno” del personaje de Vidal, al que da vida Sergi López, pero es obligado pararse un momento a hablar de la prodigiosa actuación del catalán. Muchos son los filmes que buscan construir un malo suficientemente sólido que ayuda a dar más interés a las andanzas del héroe de turno, pero pocas veces la maldad ha estado tan bien plasmada. Vidal obedece punto por punto al mejor arquetipo de hombre sin escrúpulos capaz de cualquier cosa para conseguir lo que busca, con el orgullo (el imperativo de estar a la altura de la “leyenda” de su progenitor) y la necesidad de un hijo varón como únicos puntos débiles. Cierto que la película no esquiva para nada el riesgo de acabar siendo una mera muestra de personajes muy buenos o muy malos sin detenerse en el interés de los matices, pero es que López compone un personaje que uno disfruta sobremanera odiando y esperando que su porvenir sea lo más doloroso posible. Quizá algo encorsetado por las limitaciones de su rol, pero no por ello menos brillante en su cometido, especialmente en las no escasa situaciones de exquisita crueldad.

No obstante, por encima de las excelencias del trabajo de Sergi López destaca el sorprendente trabajo de Maribel Verdú. Hasta la fecha, con la puntual excepción de la notable “La buena estrella”, sus participaciones en cintas dramáticas habían sido, siendo generoso, discretas, pero su brillante trabajo en “El Laberinto del Fauno” le abre vías que ojalá sepa aprovechar en el futuro. Su Mercedes es una lograda combinación entre la debilidad aparente que ha de mostrar ante Vidal y la fortaleza que le lleva a soportar lo indecible esperando conseguir algo a cambio. Esta dualidad (característica aplicable a muchos aspectos del filme) del personaje hacía correr el riesgo de mostrar mayores aciertos en una faceta que en otra, pero Verdú se muestra harto convincente en la faceta agazapada de su rol, alcanzando registros harto elogiables cuando la película nos muestra sus motivaciones y, sobre todo, en un momento de confrontación con otro personaje.

Una pequeña injusticia ha sido dejar para tan adelante a la jovencísima Ivana Baquero, ya que si Sergi López es el eje de la parte de realidad de la función, ella es el personaje en el que se fundamenta la existencia de toda la película. La inocencia infantil que desprende su personaje (cuesta creer que las similitudes, número de letras y sonoridad final, del nombre de Ofelia con el de Alicia sean aplicables al azar) no peca de excesiva, sino que su contacto con el mundo del fauno está siempre ligado a sus esperanzas de mejora, a su propio conocimiento de que la realidad que la rodea resulta injusta para ella misma, pero sin que ello produzca un universo en el que todo sean facilidades para ella. Aparentemente sumisa a su madre, pero en realidad hace todo lo que le apetece dentro de unos límites (que Vidal no la pilla) lo que la convierte en el espejo infantil de Mercedes (el detalle del comentario de ésta diciendo que de niña también creía en hadas es el momento que mejor explicita esta relación de similitud inconsciente), aunque las bases de su relación sean discutibles. Creíble en todo momento, soporta perfectamente el peso del filme y consigue atrapar al espectador para adentrarse dentro del estimulante camino por el que avanza “El Laberinto del Fauno”.

Más allá del trío capital de personajes destacan dos personajes, en el fondo de mero carácter complementario, pero con suficiente peso en la cinta para que hablar de ellos no sea revelar más de lo necesario. Álex Angulo interpreta a un doctor caracterizado por un hilo de fragilidad que transmite prioritariamente por su mirada. En el fondo mero refuerzo del personaje de Mercedes, el interés del mismo reside en la medida actuación de Ángulo (al que en breve podremos ver en un pequeño papel en “Bosque de Sombras”, estimable debut de Koldo Serra), el cual sabe otorgar al personaje de las características necesarias para no resultar redundante ni que su comportamiento en determinadas fases del metraje nos chirríe con el exhibido hasta ese momento. El caso de Ariadna Gil ha despertado mayor polémica al existir cierto consenso al respecto de considerar su actuación la más débil del reparto. No voy a negar que su actuación sea la menos interesante del brillante quinteto protagonista, pero su aparente desgana dota de un apropiado tono apagado a una mujer superada por las circunstancias y que se ha visto obligada a aceptar la sumisión que conlleva ser la esposa de Vidal. De ser este rasgo extensible a todas sus actuaciones coincidiría en criticar su trabajo, pero no recuerdo a Gil un registro similar en otros largometrajes y encima me resulta ideal para el personaje, por lo que buscarle pegas sería un mero ejercicio de tocapelotismo.

FASCINANTES DETALLES VISUALES

Ya he apuntado que el mundo fantástico del fauno presenta cierto aire de decadencia, pero ello no significa que el plano visual esté descuidado, ni mucho menos. Y para empezar la apuesta resulta más arriesgada si tenemos en cuenta la decisión de recurrir lo menos posible a los efectos especiales generados por ordenador para imprimir a “El Laberinto del Fauno” un toque artesanal que bien podría haber quedado muy mal. Afortunadamente, no es el caso. Las primeras pistas que nos ofrecen la película son ese insecto de aspecto muy particular que sirve como elemento de acceso a Ofelia para el mundo mágico de la que es heredera. La primera mutación del mismo ya nos sirve de aviso sobre que lo que vamos a ver no va a ser un despliegue gratuito de efectos visuales. Éstos van a ser pocos, pero con cuidado extremo a través de una trabajada labor de diseño basado en el maquillaje y la utilización de animatronics.

Doug Jones es el “actor” (lo entrecomillo por eso de que en realidad es un mimo profesional) detrás de la hipnótica apariencia física del fauno, a mitad de camino entre un elemento más de la naturaleza y un ser celestial, aunque con una apariencia física que, en principio, recuerda más al señor del averno que a alguien del que puedas fiarte. Jones, que ya trabajó con Del Toro en “Hellboy” (allí se ocultaba bajo los rasgos de Abe Sapien, aunque fuese David Hyde Pierde, memorable como Niles en “Frasier”, el que daba voz al personaje), no sólo tiene presencia en la película como el amable fauno, sino que también da vida al hombre pálido con ojos extraíbles de sus manos. Su terrorífico (y muy convincente) aspecto permite uno de los momentos más terroríficos de la historia al ser una criatura que se alimenta de infantes incautos. Es aquí donde Jones deja muestras de un andar muy característico que también se utiliza (aunque con características distintas) para el fauno, algo que sin duda debe mucho a su ya comentada actividad como mimo. Con “El Laberinto del Fauno”, Jones une dos nuevas criaturas memorables a una lista en la que por ahora sobresalía su carismática presencia en el episodio “Silencio” (una obra maestra indiscutible) de “Buffy” como uno de los inquietantes caballeros que robaban la voz (y la vida a la larga) de los habitantes de Sunnydale.

No obstante, la calidad del esfuerzo de Jones sería insuficiente si el trabajo de la compañía DDT no diera un acabado visual acertado al conjunto. La siniestra ausencia de rasgos personificadores del hombre pálido es uno de los mayores aciertos, en especial cuando éste permanece en un misterioso letargo. Eso sí, es en el tramo final cuando la faceta visual alcanza su momento de mayor importancia con un desenlace que rezuma magia por los cuatro costados y resiste los ataques de cualquier descreído. Un detalle que no conviene olvidar es que Del Toro no cae en el error de convertir la cinta en un espectáculo ñoño, sino que recurre en no pocas ocasiones a recursos más propios del cine gore (magistral el momento en que se desgarra cierta cosa) que añaden un acertado y necesario aire siniestro que sirve como contrapunto de la realidad en oposición a al universo fantástico. Y lo mejor de todo es que la utilización de este recurso no peca de abusiva, ya que Del Toro sabe utilizar magistralmente el fuera de campo cuando su uso resulta aconsejable.

CONCLUSIONES

Lo que nos ofrece “El Laberinto del Fauno” es una maravillosa película que se balancea a la perfección entre una terrible realidad y una fascinante fantasía para crear un atípico cuento más perverso que las tradicionales historias de hadas, pero sin excederse. Una delicia en la que prácticamente nada desmerece el altísimo nivel medio de la propuesta para la que sin duda es lo mejor que se ha estrenado de lo que llevamos de año. Se queda a un pequeño paso de convertirse en una obra maestra, pero es una experiencia fascinante que todo amante del buen cine debería disfrutar lo antes posible.

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