No soy un consumidor habitual de cine español actual. Los motivos son sencillos: Hay pocos directores que me motiven a ver sus películas sin fijarme demasiado en sus historias y el resto, la verdad, normalmente las tramas no me llaman la atención y hace tiempo que dejé de fiarme de las críticas halagadoras hacia el cine nacional. Me quedó la clara sensación de sobrevalorar las producciones españolas por el mero hecho de serlo o de venir de la mano de tal o cual persona. Eso no me sirve, porque yo acepto la subjetividad, pero los trucajes interesados no. Esto me lleva a ver muy pocas producciones españolas en cine y además luego no me preocupo en recuperar la gran mayoría de lo que se hace. Simplemente no me interesa lo suficiente.

Es curioso que ante tal panorama haya visto las tres películas de Patricia Ferreira casi sin percatarme de ello. “Para que no me olvides”, la cinta que nos ocupa, supone la confirmación en el interés ascendente de su obra, la cual se inició con la mediocre “Sé quién eres” (la cual me recordó a la espléndida “Recuerda”, pero en una versión muchísimo menos interesante) y continuó con la entretenida “El alquimista impaciente” (cinta que tuvo cierto eco en su día por tener en su reparto al famoso actor porno Nacho Vidal) para ofrecernos ahora su película más conseguida. En esta ocasión, Ferreira se decanta por un drama intimista sobre la pérdida de un ser querido y la dificultad para superarlo que, en ciertos momentos, recuerda a la notable “La habitación del hijo”, aunque la cinta italiana se centra sobremanera en la influencia de la muerte en su padre y Ferreira prefiere darnos de una visión con más matices de la forma de sobrellevar la muerte de alguien a quien amamos.

La cinta destaca el protagonismo de Fernando Fernán Gómez, pero conviene no dejarse engañar por este dato. El veterano actor tiene un rol profundamente afable y conciliador, pero su peso en la película es menor. Su Mateo refleja a un hombre al que el dolor debió destrozar en su época, pero con el paso del tiempo ha aprendido a sobrellevarlo de la mejor forma posible. Es él el espejo en el que hay que mirar a las dos principales protagonistas femeninas. Me vais a permitir, aunque oficialmente ella conste como secundaria (con todo merecimiento fue nominada al Goya de mejor secundaria), que comience hablando de la bellísima Marta Etura. Ella es Clara, la novia de David, con el cual acaba de irse a vivir juntos y cuya muerte supone un golpe difícil de superar que la deja destrozada. No obstante, prefiere asumir la pérdida y mantener en su corazón a David, lo cual la destroza más en primera instancia. Hasta ahora siempre decía que Marta Etura me parece una actriz con una belleza por encima de cualquier tipo de discusión (y con una sonrisa que desarma y enamora con una facilidad preocupante), pero interpretativamente tenía mis dudas ante la irregularidad mostrada en las tres películas suyas que había visto hasta el momento. Pues bien, mis dudas han quedado totalmente disipadas ante la excelente actuación de Etura que consigue hacerte empatizar con los complejos sentimientos de su personaje. Bravo. También muy estimable resulta el trabajo de Emma Vilarasau, actriz que se ganó mi beneplácito por su trabajo en “Los sin nombre”, pero a la que había perdido la pista desde entonces. En “Para que no me olvides” interpreta a la madre de David, una mujer fuerte y decidida cuya relación con su hijo no pasa por su mejor momento. Quizá por eso la negación de la misma existencia de David supone la única salida que ella considera viable para su dolor, pero negar el dolor no hace que desaparezca. Vilarasau completa una actuación difícil con buena nota, pero a mi juicio está por debajo de las prestaciones de Etura.

Es en su mensaje donde “Para que no me olvides” se convierte en una muestra de interesante cine español. En la vida los buenos y los malos momentos son tan numerosos como imprevisibles, pero cuando los dolorosos se presentan de forma tan imprevista la vida parece perder sentido. Es cierto que nunca nadie ha podido garantizarnos que en la vida no íbamos a sufrir, a padecer dolores tan intensos y difíciles de curar que, en ocasiones, hasta casi preferiríamos no estar vivos, pero hay que continuar adelante. Es lo único que nos queda. No hay que buscarse escudos imaginarios ni hundirse a niveles subterráneos, porque no nos sirve de nada. Bueno sí, para desahogarnos (pero tampoco es cuestión de excederse, todo tiene un límite) y para eliminar posibilidades de alegrías en esos momentos en los que nada nos importa. La película de Ferreira incide en los tres puntos de vista posibles (cierto que cada uno podría tener matices muy distintos, pero una película así no conviene saturarla con personajes cuando es lo que transmite lo que realmente importa), habla de la experiencia del dolor, de lo imprevisto de su aparición y de muchas cosas relacionadas con ello. Probablemente, del dolor es de donde más enseñanzas podemos conseguir. El dolor es un ingrato maestro, pero sin duda efectivo.

Releyendo lo escrito parece que considere una gran película a “Para que no me olvides”, pero no quiero que nadie caiga en ese error. El filme de Ferreira es honesto y consecuente con lo que propone, pero es algo irregular y los momentos brillantes son menores de los que uno desearía con tan estimulante material. No obstante, lo que sí puede decirse es que es una muy buena película que no engaña a nadie y que destaca por las excelentes interpretaciones de su trío principal de actores, lo cual no es poco.

Anuncios