Algo atareado estos días, no veo posible actualizar esto como Dios manda, así que voy a aprovechar un texto que escribí hace ya unos meses (de ahí algun posible desfase que paso de corregir, pake mentir) y cuyo uso hasta ahora ha sido inexistente. Y para quien se queje de largo aviso que hay versión de 8 folios y pico! xD

El verano cinematográfico es tan curioso que para empezar no coincide con el verano de la gente de a pie. De mayo a agosto las grandes superproducciones dominan las carteleras de nuestros cines con un lento –suelen pasar semanas entre este tipo de estrenos- pero incesante goteo de los productos estrella que nos vienen de Hollywood. Este año hemos podido “disfrutar” de filmes como la lamentable El Código Da Vinci, la pasable Misión Imposible 3, la muy entretenida X-men 3, la estimable Cars, la digna Superman Returns o la soporífera Poseidón. Un bagaje harto discreto si lo comparamos con el de años anteriores –en especial el pasado, en el cual pudimos disfrutar de grandes películas como Sin City o Batman Begins- que podía haberse maquillado si la última gran esperanza de Hollywood hubiera estado a la altura de lo esperado por muchos. Me refiero, por si alguien aún dudaba, a Piratas del Caribe: El Cofre del Hombre Muerto, primera secuela – el año que viene nos llegará la siguiente- de la exitosa cinta de piratas protagonizada por Johnny Depp hace tres veranos que enganchó a millones de personas con una ingeniosa mezcla de humor, romanticismo y mucha aventura.

El problema es que el tópico referente a las segundas partes no es un mito indefendible, sino una realidad que coloca a esta cinta muy por debajo de las prestaciones de La Maldición de la Perla Negra. El primer factor es la falta de riesgo de los guionistas, los cuales no consiguen unificar con la misma brillantez los mismos elementos empleados para la primera entrega, porque que nadie dude que la secuela basa su potencial en aquellas cosas que hicieron arrasar a Jack Sparrow en su día. El hecho más sorprendente es la escasa presencia de las escenas de acción en el relato, en particular en sus primeros noventa minutos, lo cual supone un lastre notable para los interesados en la vertiente de aventuras. Es ahí cuando las carencias del guión se traducen en varias escenas apenas soportables –las dos despedidas de Will de dos de sus seres más allegados-, multitud de relleno para alargar el metraje más allá de lo permisible, la recuperación de dos personajes de la primera parte que se supone que tienen gracia, pero el problema es que sólo se supone. En definitiva, durante todo ese metraje sobrevuela de forma constante la sensación de encontrarnos ante escenas de transición, esas necesarias para dotar de continuidad al conjunto, pero que no sirven para nada si a lo que lleva es a más transiciones.

El punto de inflexión llega en una secuencia con múltiples acciones en las que están implicados diversos personajes y con una rueda de molino como invitado estrella. A partir de entonces, El Cofre del Hombre Muerto obvia el tedio ocasional precedente y se convierte en la cinta trepidante que debía haber sido en todo momento. Uno podría pensar en que los guionistas tenían el ego por las nubes tras su muy estimable labor en La Maldición de la Perla Negra –aunque allí pecaban de repetirse mucho a sí mismos en cierta fase del filme- y que se les escapó de las manos y por eso el metraje resulta tan desmedido. No obstante, parece más razonable pensar que las debilidades del guión se deban más a fines comerciales que a otra cosa. Uno tendría que estar viviendo en una burbuja para no enterarse del abrumador éxito que está teniendo esta secuela –en España ha batido récords de recaudación con una facilidad asombrosa- y precisamente ahí hay que buscar la razón por la cual El Cofre del Hombre Muerto carece de desenlace, lo cual convierte al filme en una jugada maestra para sus productores y una tomadura de pelo para aquellos que queríamos ver una auténtica buena película y no retales de calidad en un conjunto repleto de oscilaciones de interés y en la que la espada de Damocles del aburrimiento pende sobre el espectador durante muchos minutos.

El director Gore Verbinski se refugia de nuevo en los personajes que le hicieron alcanzar el mayor éxito comercial de su carrera tras el inmerecido fracaso de su notable El Hombre del Tiempo. El primer toque de atención que hay que darle a Verbinski es que parece haber enfermado del mal Jackson, es decir, incluir de forma abusiva trávellings aéreos como recurso de transición entre secuencias –comprensible-, escenas –discutible-, sin venir a cuento y porque queda bonito. La verdad es que Peter Jackson ya demostró sus carencias en King Kong y su decepcionante resultado poco hacía prever que nadie siguiera sus pasos, pero se ve que hay muchos realizadores que quieren hacerse los guays. Al igual que en La Maldición de la Perla Negra, El director de la infumable The Mexican demuestra poca pericia para imprimir mayor interés a las escenas de transición y su sobreabundancia en El Cofre del Hombre Muerto nos desvela su otro gran punto flaco.

Afortunadamente, Verbinski logra compensar en parte sus deficiencias son una esmerada puesta en escena en todo lo relacionado con el holandés errante, amén de ofrecer un muy prometedor primer minuto en la que la presentación de las acciones parecía propia de una cinta muda. No obstante, esos pequeños detalles serían insuficientes de no demostrar Verbinski una efectividad loable en el rodaje de las escenas de acción como el primer ataque del Kraken – su apenas sugerida presencia en esa escena emparenta por unos instantes la cinta con la magistral Tiburón- o la comentada secuencia con la rueda de molino. Es ahí cuando se mueve como pez en el agua, pero su apuntada escasez hace que Verbinski esté un escalón por debajo de lo ofrecido en la primera entrega.

Parecía difícil que Johnny Depp olvidase su aparente alergia a las secuelas y recuperase el personaje que le llevó a su primera nominación a los Oscar, amén de robar el protagonismo en La Maldición de la Perla Negra, pero, una vez confirmada la reaparición de Jack Sparrow, lo único que faltaba era que el personaje se desmelenara aún más para no correr el riesgo de repetirse a sí mismo. El problema es que Depp no consigue ir algo más allá, ya sea mediante una revelación sobre su personalidad –a buen seguro la prometida presencia de su padre en la tercera entrega cambiará este detalle- o a través de una mayor excentricidad. Da la sensación de pensar que el público ya está rendido a los pies de su personaje y que no es necesario aportar nada nuevo. Puede que para muchos El Cofre del Hombre Muerto no sea más que una excusa para reencontrarse son el sin igual Sparrow, pero eso es algo que no nos sirve a todos.

El resto del reparto está poblado de rostros ya conocidos como Orlando Bloom y Keira Knightley como la pareja de turno necesaria en toda producción que quiera captar al público interesado en el lado romántico de la vida. Puede que uno luzca un corazón de piedra, pero este tipo de subtramas suelen suponer un lastre considerable y si uno de los intérpretes es tan limitado como Bloom la cosa mejora muy poco. Entre los que repiten es necesario destacar a Jack Davenport como el antiguo comodoro Norrington, ya que el aburrido aire estirado de su personaje en La Maldición de la Perla Negra desaparece para dar pie a un fracasado harapiento y borracho que le da mucho más interés. Todo lo contrario puede decirse del dúo de presuntos simpáticos –al menos para el público. Piratas que uno no se explica qué narices pintan en la película si ya lo del ojo de uno de ellos resultaba cansino en la primera entrega.

Entre las novedades sobresale Bill Nighy como Davy Jones, corsario mitad hombre mitad pulpo que reclama el alma de Jack Sparrow. El look del personaje es uno de los mayores hallazgos visuales de la película, pero la abrumadora mayoría de los espectadores españoles han tenido que soportar un doblaje que produce un efecto muy distinto al que Nighy imprime al personaje. Su peculiar tono de voz entrecortado resta autoridad al personaje e incluso le hace objeto de mofa por parte de los que veían el filme, algo que choca de forma clara con lo que Jones pretende transmitir. Una lástima, pero es el precio a pagar por la excesiva aceptación que tiene el doblaje entre nosotros. Curiosa es también la presencia de Stellan Skarsgard como Bill “El Botas”, uno de los tripulantes del holandés errante y muy cercano a uno de los personajes principales. Las limitaciones de un personaje demasiado preocupado por alguien –la relación entre ambos está saturada de los más molesto tópicos- contaminan la por otro lado correcta interpretación de Skarsgard.

El balance final de El Cofre del Hombre Muerto depara una ligera ventaja hacia lo positivo, aunque los matices son demasiados como para ser desoídos. La cinta está muy por debajo de La Maldición de la Perla Negra, le sobra mucho metraje, algún personaje y bastante del tono serio que adopta por momentos. Además, le falta más acción y, ante todo, más entretenimiento para estar a la altura de lo esperado. Lo que queda no es malo y uno puede pasarlo moderadamente bien, pero yo al menos esperaba bastante más.

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