Hoy en día el problema del acceso a la vivienda sigue siendo uno de los grandes problemas de la juventud española, porque con suerte uno puede aventurarse en una hipoteca que quizá haya terminado de pagar cuando llegue la hora de jubilarse. No obstante, hay que remontarse 50 años en la historia del cine español para encontrar la cinta que abría una inesperada “trilogía” sobre este problema, la cual tiene en “El Pisito” su exponente más célebre, pero muchos sabemos que la popularidad no conlleva que sea la mejor.

A finales de 1957 comenzó el rodaje de “El Inquilino”, nuevo trabajo de José Antonio Nieves Conde, cineasta que contaba con el beneplácito del régimen franquista, estatus que perdió tras el accidentado periplo sufrido por este filme. Para que nos entendamos, la película cuenta los desesperados intentos de Evaristo por encontrar un piso en el que alojar a su familia, pues su residencia actual va a ser demolida y malamente van a sobrevivir si, literalmente, se les cae el cielo encima. Esta propuesta se abría a ejercer una doble labor de crítica social, ya sea la especuladora actividad privada o la desidia del sector público, que aún arrastramos en la actualidad, para solucionarlo. ¿A alguien le queda la menor duda sobre cuál de las dos posturas provocó las iras de alguien?

Lo sorprendente es que la película fue aceptada sin grandes problemas por la junta censora en primera instancia y estrenada con total normalidad. ¿Por qué sorprende? No porque la carga contra la actividad gubernamental sea el eje de la crítica, sino por la evidencia de sus ataques: Rótulos en una asociación benéfica en los que puede leerse perlas como “Sólo con vivienda propia podrá el hombre cumplir su destino final” o la trampa del mismo, obligando al solicitante a rellenar una cantidad de papeles tal que no dudan en aprovechar y vender por un módico precio un folleto con instrucciones para rellenarlo. ¿El resultado? Pasar a formar parte de un kilométrico fichero y esperar a que se cumpla a rajatabla el orden de adjudicación de las (obviamente muy escasas, aunque se elude el mencionarlo de forma expresa) viviendas. A uno le queda la duda de si todo lo que van a conseguirlos integrantes de la misma será la casa proveniente de las dos pesetas que pretenden sacar a cada solicitante. Claro está, los rótulos fueron eliminados en un segundo paso por la Junta de Clasificación y Censura, aunque no la trampa de los trámites burocráticos, parece que ya entonces eran aceptados como una mera formalidad, pese a la notoria carga de exageración de dicha escena.

También una única escena sirve como perfecta ilustración del grave problema de la especulación. Evaristo visita una vivienda junto a un agente de Mundis Jauja, la cual es un cúmulo inagotable de deficiencias (puerta de la casa que hay que tirar abajo para poder acceder a la vivienda, pared que se viene abajo al darle un golpecito que venía encaminado a demostrar su fortaleza, etc.), lo cual no evita que se desarrolle de forma paralela a un continúo aumento de las condiciones económicas de adquisición de la vivienda, relacionando el precio de la vivienda con una creciente cantidad de problemas. Casi saldría más a cuenta irse a vivir debajo de un puente, si es que, como comenta el personaje protagonista, pueden permitírselo.

“El Inquilino” incide en alguna situación más en el caso anterior a través de diversas situaciones (el personaje de Madruga, supuestamente de confianza, pero que no quiere más que sacarle los cuartos al protagonista y cuando éste solicita de vuelta su dinero lo despacha mostrando un billete de mil pesetas, sabedor de que Evaristo no va a tener cambio para recuperar sus cinco “duritos” o la surrealista reunión del Consejo de Administración dueña de la vivienda en demolición de los protagonistas), pero el objetivo de la carga crítica no parece ser centrar sus ataques en ninguna situación concreta del problema de la vivienda, sino ser un mosaico de los problemas estructurales con escasas posibilidades de solución, con lo cual el filme termina adscribiéndose a una especie de mecánica sucesión de acontecimientos en la que Evaristo consigue un nuevo halo de esperanza que reconduce la relación con Marta, éste no logra concretarse en la adquisición de un piso (normalmente por la imposibilidad de conseguirlo, pero no siempre) y reaparecen los reproches de su esposa. Así hasta llegar a un desenlace (el original, no el impuesto a posteriori para el censura´s cut) consecuente con uno de los puntales de la película, pero discutible desde el punto de vista de las relaciones entre los personajes, aunque la evidencia de que éstos son meramente funcionales para mostrar los múltiples problemas de esta situación suaviza este presunto error.

El filme de Nieves Conde no es ninguna obra maestra, pues la exhaustividad de su intentona por reflejar los diversos estratos del problema deriva en cierta superficialidad pese a lo acertado de su intento, algo que principalmente afecta al interés de los personajes (el angelical comportamiento de los obreros que han de demoler la casa resta credibilidad al conjunto, al igual que la definición de los cuatro hijos de la pareja protagonista, meros bultos móviles que rara vez demuestran algún tipo de sentimiento). No obstante, aún 50 años después se mantiene vigente su mensaje para tristeza nuestra. ¿Tendrán que pasar otros 50 para que la idea de vivir debajo de un puente no resulte tan mala?

PD: El texto es un primerizo esbozo de un trabajo del doctorado, ruego me excuséis las notables deficiencias del mismo, pero era para dejar de tener el blog tan abandonadito…

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